Los odió a todos. Al Editor para empezar, a los Agentes, a su Representante y odió a todos los que habían contribuído a realizar la edición especial de sus obras completas. Esperaban con paciencia que la muerte lo encontrara, para publicar sus obras. Leyó también entrevistas a escritores que consideraba amigos o al menos colegas, donde contaban anécdotas y ofrecían sus intimidades sin verguenza. Los odió a ellos también. Después se odió a sí mismo, su ingenuidad e ignorancia. El jamás había sido dueño de lo que había escrito, si lo había hecho era por un total abandono y entrega de sí. Su obra ya no lo necesitaba, era un claro ejemplo de que podía prescindir de él.
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Quizás fue ese odio rascó de sus huesos fuerza para escribir su última obra. Debía lógicamente negar todo el resto. Debía refutar su propia obra. No poder ser puesta en serie con su producción anterior.
Final infeliz
Sin embargo, el destino que en nuestra época sigue fiel los dictámenes de las divinidades del mercado no le permitió al Ecritor salirse con la suya. Cuando el manuscrito llegó a las manos de los Editores, estos resolvieron no publicarlo. Si el Escritor tiene razón, deberíamos creer que el lenguaje no salió inmune a su obra.