El filósofo/escritor venía a darnos noticias de su Obra. Y digo notcias porque su literatura o al menos lo que él pensaba de ella, era eso, pruebas mejor o peores de la sobrevivencia de la Obra. Después de publicar se lo veía cansado y triste. Parecía no haber estado a la altura de una exigencia demasiado grande. Escribir era exponerse a algo que jamás iba a estar preparado del todo. Pero al ser el único testigo de la Obra, su trabajo era al menos imprescindible. Debía haber, y los había, escritores que seguramente pudieran ser más justos con ella. Volverla más accesible, por ejemplo. El Escritor no dejaba de reprocharse lo intrincado de su escritura. En sus primeros escritos el exceso de adjetivación volvía todo tan barroco que como en las columnas de algunas construcciones, uno mirándolas no comprende si en realidad no son los adornos los que sostienen la columna y el edificio entero.
ensayar la escritura
El cautiverio de la imagen