ensayar la escritura

El cautiverio de la imagen

Enfermera

Primer momento
La ignorancia que se ignoraba a sí misma

Hay quienes les resulta incomprensible que un médico fume. Es posible que vean allí una elección deliberada de la muerte. Y en ellos, por saber el daño que produce el cigarrillo, eso resulta imperdonable. Algo de razón tienen. Supongo, porque no es del todo lógico que uno deposite su vida, en las mismas manos de alguien que suele tener durante el día entre sus dedos ese utensillo mortal. Es paradójico. Un hombre que se dedica a salvar la vida de los demás, al mismo tiempo, se administra sistemáticamente la muerte. No es porque yo sea enfermera que el hábito me resulte más o menos admisible. Pero viendolos fumar, después de una operación, pareciera que recuperaran su humanidad. Más, después de tantas horas de tensión y precisión quirúrgica. Infinitas veces, he visto la vida de pacientes, pasearse frágil entre las manos del equipo médico. Finalizada la intervención, es costumbre salir a fumar. La mayoría de los hospitales han habilitado pequeños jardines. En cuyos costados ubican largas barras con arena. Son tantas las colillas de cigarrillos hundidas verticales en la arena, que no hay quien no haya bromeado alguna vez con la imagen de los cementerios. En familia, yo era la excepción. Fumaba como el resto de los médicos, pero en mi caso, por ansiosa.

Un día, el hospital en que trabajaba, quiso intervenir en esta práctica tan difundida. Los médicos debían dar el ejemplo. Si eran trabajadores de la salud, debían exhibir también cuerpos saludables. Para algunos fue imposible adaptarse al cambio. Resolvieron abandonar las comodidades de los hospitales privados, por las flexibilidad de los controles en los establecimientos públicos. Otros en cambio, aceptaron tomar las charlas y actividades para dejar de fumar, que el propio hospital costeaba. Las charlas eran por supuesto aburridas. Quienes pretendían ilustrar a los médicos los daños del cigarrillo, sabían menos que ellos. Las preguntas de los asistentes al taller eran casi todas malintencionadas. Buscaban mostrar las lagunas de los pobres instructores. Pero, a pesar de ello, los índices de deserción del cigarrillo eran altísimos. Después de lo que todos sabemos, el miedo a perder el trabajo volvía cualquier método eficaz. En las paredes de los ascensores, habían pegado afiches. En los cuales había gráficos con barras que ilustraban la ascendente victoria en la lucha contra el hábito. En la parte final del combate, la estrategia se focalizó en algunos casos. Había carteles que indicaban los nombres de quiénes persistían con el cigarrillo. Supongo que por verguenza terminaron dejando. Los que no pudieron acoplarse a la nueva política del hospital, dejaron de venir de un día para el otro. Suponemos que fueron echados. Una mañana al abrirse las puertas del ascensor, quienes ibamos a subir, nos encontramos con un enorme cartel. Ocupaba tres paredes del amplio cubículo. La frase decía: le ganamos al cigarrillo. Nadie dijo nada, pero no hubo un rostro en el que no brilló la derrota. Esto viene a cuento de que en aquel entonces, comencé con las clases de gimnasia aeróbica. O aerobics, a secas, como decía en el folleto.


Segundo momento
La creencia organiza rituales

Hablé de la relación paradíjoca que tienen los médicos con la muerte de los demás y la suya propia. En el caso del Maestro, la relación era inversa. Él parecía administrar la muerte a los demás, para postergar la suya.
Siempre me ha sorprendido la predisposición natural de la gente a dar su vida por algo. La mayoría de las veces por cosas de lo más estúpidas. Yo misma sin ir más lejos. Ser enfermera no se trata sino de eso. Pero me refiero a aquellos en los que esto no aparece tan claro. Cuántas oficinistas y empleados terminan por entregar
Y no es difícil oír en sus quejas por la precariedad de sus condiciones laborales, cierta modalidad de goce. Cada vez estoy más convencida de que en su resignación, hay también, cómo llamarlo. Una experiencia de placer. De la que pareciera no pueden sustraerse. Era un rasgo común a casi todas las integrantes del grupo. Combinaban interminables jornadas laborales con dietas militares y horas semanales consagradas al cuidado del cuerpo. Una sentía que las clases

Solía suceder, que la fé o el amor al Maestro -en esa época ya era difícil distinguir- menguaba. Distraídos por pensamientos propios, la creencia se apartaba. Esas interrupciones eran perjudiciales. Se veía en cierto desapego o desgano con la cual se realizaban los rituales. El Maestro estaba muy atento a esos detalles. No llenar correctamente la copa que utilizabamos en la ceremonia, por ejemplo. Podía ser el menor decsuido. Pero el Maestro comprobaba allí el ejercicio del mal. El mal era para nosotros la desintegración. Si el amor era la unión, todo aquello que tendía a distanciarnos era peligroso. Por lo mismo que habíamos decidido vivir todos juntos. Si bien era un modo de evitar las distracciones dle mundo, era también para muchas, un resguardo contra los problemas hacía tiempo nos aguardaba en nuestras respectivas casas. En la tienda, así la llamábamos, se vivía una paz y armonía casi absolutas. En cierto sentido, aquella casa era una tienda. Transformamos la pequeña habitación que daba a la calle, en un local. Vendíamos allí inciencos que nosotras mismas fabricábamos. Almohadones, que importábamos gracias a un contacto que tenía una en la Aduana. Piezas de la India como elefantes, budas de todos los tamaños y algunas prendas holgadas para practicar yoga. Si bien hacíamos algo de dinero, la suma no alcanzaba para pagar los gastos de la casa. Éramos entre ocho y siete sin contar al Maestro. Y algunas al incorporarse a grupo habían abandonado también sus trabajos. Ese sacrificio o entrega, les otorgaba algunos privilegios. Podían pasar más tiempo cerca del Maestro. Acompañarlo durante sus interminables sesiones de meditación. Y en las ceremonias se les reservaba ciertos privilegios. En mi caso, el Maestro había resuelto que continuara con mi actividad. El grupo precisaba de dinero, y sobretodo, del recetario y mis beneficios en los medicamentos.

Era habitual que el Maestro eligiera alguna de nosotras para pasar la noche. La elección solía ser muy discreta. Tanto que a veces bastaba con una simple mirada para comprender su llamado. Podía suceder que repitiera, alguna, durante varias noches. Eso no estaba bien visto por las demás. Traía problemas que de alguna manera estaban relacionados con esa sospecha de favoritismo. No sé si se trataba de celos. Pero hacía peligrar uno de los pilares del grupo que era la igualdad. En un momento, que ya no recuerdo, varias mujeres aparecieron a la mañana siguiente con heridas estimables. Digo estimables, en el sentido de que creí -como enfermera- que debían ser atendidas. Es curioso que ante esas lastimaduras de fuego y moretones, sólo veía una zona donde aplicar los conocimientos de mi oficio. Jamás atendí a los niveles de crueldad y violencia que los debían haber provocado. La rotación de la compañía nocturna al Maestro, permitió que en apenas un mes se distribuyera equitativamente heridas, cortes y lastimaduras a todas por igual. Las primeras en haber recibido las palizas, exhibían no sin cierto orgullo las marcas. Fueron muy rápidamente interpretadas como el acceso a privilegios. O algo que para el Maestro las diferenciaba del resto. Tal era así, que las últimas en recibir la paliza aguardábamos ansiosas aquel momento. De algún modo que no sabría explicar, durante la época de las palizas el lazo se había estrechado. La creencia florecía de todas partes. Nos dedicábamos enteramente al otro. EL amor apenas cabía en nuestro pechos. Era como si la violencia hubiera logrado traer de nuevo a nuestro cuerpos la positividad de la enegría. En aquel momento, creo que ninguna sospechaba que nuestra creencia podía algún día agotarse.
Tercer momento
La disolución del lazo
Un día, no recuerdo qué hora de la madrugada, fui despertada por el Maestro. Ví algo que jamás había visto en su rostro: temor. Me levantó de un tirón de la cama y me arrastró hasta su habitación. No sé si las demás chicas oyeron algo. Cuando ingresé en la habitación, una de las más jóvenes yacía en el piso. Advertí que en las cuatro paredes había trazos de sangre fresca. SE parecía a esos estallidos de pintura que suelen ser caracterizar a lso cuadros contemporáneos. En el hospital que trabajo, hay uno en cada sala de espera. Me acerqué a la joven. No recuerdo su verdadero nombre, creo que en su nueva vida había sido bautizada Sari. Le dije algo al oído mientras le tomaba el pulso. Apenas respiraba. Y lo hacía con dificultad. Coágulos de sangre burbujeaban en su nariz en cada exhalación. El espectáculo era aterrador. Vi al Maestro desesperado acercandose al cuerpo de la joven. Le pedía disculpas. Después oí que la maldecía y pretendía seguir golpeándola. Le advertí que si continuaba con las piñas terminaría de matarla. Se calmó. Sari apenas si tenía fuerza respirar. Si corazón latía, como decimos los médicos, de memoria. Hablé con el hospital, directamente con la ambulancia. En cinco minutos estuvo en la puerta de la tienda. Mientras tanto, até con toallas los tajos que fui decsubriendo después de limpiar el enchastre de sangre. Apliqué torniquetes en brazos y piernas. En el parlante del equipo de música del Maestro sonaban unos tambores a todo volumen. Le pedí que tuviera a bien apagarlos. No íbamos a oír el timbre de la ambulancia. Se negó a hacerlo, temía que se despertaran las demás chicas. Cuando llegó el equipo médico Sari fue llevada de urgencia al hospital. Su vida la acompañó hasta las puertas de la sala quirúrgica. Mis amigos médicos se portaron de maravilla. No hubo ningñun inconveniente con la partida de defunciòn y esos papeles. El Maestro agradeció siempre mi ayuda aquella noche. Mi silencio posterior garantizaba un vínculo especial.

Mi primer mentira. Me hice la enferma.

El Maestro solía mostrar utilizar en sus discursos la figura del caballo. Para el Islam los caballos son seres sagrados.
EL tipo tenìa un caballo árabe en el palermo

Terminan matándo al Maestro. Cortándolo todo.
arena en la vereda, habìa que mojarña daba aire d epueblo

Después de lo que todos sabemos

Quedaba tan cerca que en realidad, lo raro, era que no viniera más gente. No recuerdo la primera vez que lo visité. Mejor dicho que tropecé con ese lugar. Antes de conocerlo me hubiera sido imposible imaginar. Visitar, lo que se dice visitar, fue lo que hice después de esa primera vez. Casi religiosamente volvía todos los días.

Era así. Primero sentía una serie de vibraciones suaves, ondulantes. Después el ritmo ganaba en latidos externos de un corazón que por supuesto no era el mío. Esa especie de estampida de indios, digamos, crecía hasta montar su galope en mis oídos. Mis tímpanos se nublaban, como si me hubiera entrado agua. Y un zumbido mudo se instalaba en la parte superior de mi cabeza. El estribillo que se repetía era el sonido de una doble erre ininterrumpida. Sentía una especie de mareo o ganas de vomitar. Seguramente la debilidad de mis piernas colaboraba. Era lógico que flaquearan en la embestida. Aún cuando estuviera sentado o acostado.

La erre podía durar varios minutos. La variación más notable era el ascenso del volumen. Sentía un grupo electrógeno de hospital encendido en mi cabeza. Pero más temprano que tarde, el torbellino se transformaban en un espaciado rebote. Lo más parecido a un chico que empieza a jugar al basquet. Afortunadamente el ruido desmayaba en el lento y acompasado vagar de olas. Yo estaba completamente seco, pero convencido de haber sido bañado en algo. Y con la certeza de que lo tenía incrustado. (porque es un crustáceo jaja)

El temor que me perseguía era que por algún motivo el lugar hubiera desaparecido. Y no era poco probable. Que una ordenanza municipal por ejemplo. Decidiera que ese terreno, así, era un desperdicio. Y que una comunidad tan pequeña como la nuestra. Tan alejada de donde pasan las decisiones que empujan el destino del mundo. Se diera el lujo de no hacer rendir económicamente esas hectáreas. Y aún cuando no hubiera dinero. Siempre algún inversionista extranjero estaría dispuesto a hacer más dinero.

Aquel día, creo de otoño, bajé equivocadamente del colectivo. Por ignorancia o ansiedad, tal vez ambas, bajé en la parada anterior. A esa altura bien podría haber sido la posterior. Eso lo supe después. Mi desconocimiento del lugar entonces volvía ambas direcciones: igual de posibles, igual de ciertas. Caminaba apurado como si fuera hacia la primera clase de algo. Y me he comprobado que lo único que se exige en una primera clase es puntualidad. Es el primer acuerdo. Y hasta a veces, una promesa cumplida. Habrá aprendizaje. Apuré aún más el paso. Me hubiera gustado correr.

Desde el colectivo, había visto cómo paulatinamente, a medida que uno se alejaba del centro de la ciudad y se acercaba a la periferia, las cuadras iban abandonando la rigurosidad de su definición. A veces los cien metros se prolongaban en kilómetros. El recorrido del colectivo era poco original. Repetía con menos sinuosidad el trazado de la costa. A veces en algunas esquinas asomaba el mar. Era divertido pensar que había quienes vivían entre una calle y el mar. Ya viajábamos por aquella zona donde la periodicidad de las calles que cortaban la principal se volvía más caprichosa. Cuando toqué el timbre para avisarle al conductor que bajaba en la próxima parada, éste detuvo inmediatamente el colectivo. Se abrió la puerta y descendí. No había ningún poste que indicara que había allí una parada. Ya en marcha recordé el rostro del conductor. Después de lo que todos sabemos, el espacio de los choferes había sido cercado por pequeños cubículos. En realidad eran dos planchas de vidrio grueso. Quizás blindado. Lo que daba la impresión de que estuvieran en una pecera. MI madre decía que es increíble como cuando se separa algo de lo público enseguida eso se rodea de algo espectacular. Y es cierto, había algo teatral en esa escena. Contaba que había algo de desorientación en la imagen que me había devuelto del chofer el espejo retrovisor. Como a esa altura del viaje era el único pasajero, al descender, dejaba el colectivo vacío. Creo que algo de eso había afectado al conductor. Y a pesar de que quizás hubiera querido ocultarlo, en su rostro era evidente. Aunque no supiera nombrarlo, algo de viajar con el colectivo vacío lo volvía injustificado. A él, a su trabajo. Y todos los asientos del coche vacíos, volvían esto insoportablemente evidente. Es decir que si había frenado de inmediato, lo había hecho por bronca. Mi decisión de descender lo introducían en el viaje por delante al dominio de lo injustificado. Mientras caminaba, sospeché que a modo de venganza a la vuelta cuando lo aguardara en la parada no detendría la unidad. Pero afortunadamente me equivoqué.

De afuera parecía un parque de diversiones. Nunca estuve en uno, pero estoy seguro de que deben ser así. Más grandes quizás, pero así de exhuberantes. Hacía acordar al despilfarro de naturaleza los días después del big bang. Eran inagotables las formas de plástico y caño retorcidos. Enormes tubos -como piernas- bajaban agresivamente veinte metros de altura y encastraban en recipientes que sospeché vacíos. Otros, por su trayectoria horizontal más pareja y prolongada debían ser de traslación. Muchas piezas en su superficie chorreaban el metal ahora seco de la soldadura. Había grandes cisternas que aboyados por el viento sugerían órganos del cuerpo. Advertí que todas las estructuras se incrustaban en una especie de techo o caparazón. De chapa, seguramente.

Es cierto que su tamaño es lo que en un primer momento triunfaba en la percepción. Pero al rato, lo más llamativo y asombroso era el riesgo formal de esas arquitecturas. Su agresividad con el espacio. No sé me ocurre otra manera mejor de nombrarlo. Sin duda el óxido también les daba un aire de época. Como si ese espacio estuviera fuera o al margen del tiempo. Como si hubiera pertenecido a una edad prehistórica. Pero de la que inexplicablemente tenemos recuerdo de haber visto alguna vez. Creo que lo que las mantenía vigentes era la perseverancia en ese gesto agresivo. El tiempo evitaba el filo de sus lados.


En la entrada del lugar unas puertas de reja entorpecían el paso. Pasé con holgura por la panza de la curva entre dos rejas. Un tejido de alambre rodeaba todo el perímetro de la construcción. En inspecciones posteriores comprobé que en muchas partes el tejido estaba roto. Lo que le daba un carácter más ridículo a las rejas de la entrada. Creo que a otros este lugar les hubiera parecido obsoleto. Hasta innecesario. El viaje y cierta prisa no sé de qué habían alojado en mi vientre la urgencia inconfundible de un pis. La postergación de la caminata no había sido exitosa. Sentí agudas puntadas en la panza. Con precisión quirúrgica había pinzas que tironeaban en mi vegija. Orinar era una actividad que sólo hacía en soledad. Por eso siempre evitaba la intemperie. Aclaro, por lo inabarcable. La inmensidad permite alojar miradas curiosas que se ocultan de la nuestra. Y la sospecha de una, alcanza para frustrar la soledad imprescindible. No dije que vivo con mi madre.
En casa el baño al ser tan pequeño permite controlar la privacidad que reclama orinar. Hace un tiempo me di cuenta que si pongo la radio con un volumen elevado antes de ir al baño, orinar me da más placer. ES una práctica que hago aún cuando mi madre no está.

Las horas que pasa en casa son cada vez menos. Y eso, no implica necesariamente más trabajo. Recuerdo que al principio podía trabajar en casa. Pero, después de lo que todos sabemos, la gente decidió no abandonar sus casas. De a poco las visitas de los clientes fijos comenzaron a menguar su asiduidad. Demasiado riego, decían para consolar a mi madre. Hasta entonces ser atendidos por mi madre era riesgoso. Y es indudable que esa cuota de peligrosidad era constitutiva de esa experiencia de placer. Pero ya después el riesgo no era algo medible. O al menos, sus límites habían dejado de ser claros. Y ellos no se querían exponer. Entonces mi madre resolvió ofrecer sus servicios a domicilio. Si el trabajo no toca la puerta de tu casa, deberás salir a buscarlo. O algo así.

Por el mismo motivo que mi madre debía irse de casa, yo debía quedarme. Se decía que había quienes aprovechaban las horas de jornada laboral para ocupar las casas. Al regresar, se encontraban con que su llave había olvidado cómo abrir la puerta. Si tenían suerte los usurpadores habían dejado las pertenencias del otro lado de la puerta. Lo que volvía menos tolerable la injusticia indiscutible de la ocupación. Ese gesto de generosidad negaba la atrocidad. O al menos introducia ambiguedad donde no era admisible. A veces cuando mi madre regresaba a casa, durante la cena, me contaba quién había sido desalojado. Al principio se vieron encarnizadas peleas en cada cuadra. Hubo muertes de las que nadie se sintió culpable. Sobre sangre seca, se derramó sangre fresca. La mayoría había recordado que era capaz de matar. Y no sólo estaba dispuesto a hacerlo. Sino que después de haberse inciciado, guardaban cierta fascinación con el nuevo chiche que era para algunos matar. Pero al cabo de un tiempo la violencia disminuyó notablemente. Creo que no somos un pueblo lo suficientemente sanguinario. Cuando nuestra casa vecina fue ocupada, oí que sus dueños le agradecían a los usurpadores haberles dejado los muebles afuera. Agradecido.

Recorrí el terreno para verificar mi soledad.


Una sola vez en mi vida fui a la playa. En realidad, fuimos. Mis padres y yo. Recuerdo que acostados en la arena, sentí una molestia en la espalda. La molestia se desplazó algunos centímetros por mi espalda. Al moverme para acomodar -lo que suponía una piedrita- en alguna concavidad de mi espalda, la molestia cesaba. Así un rato. Hasta que del lugar en que estaba la molestica, recibí un pellizco punzante. Me incorporó mi propio alarido. Debajo de la toalla, casi del mismo color de la arena, descubrí al culpable. Un bicho parecido a una araña pero con el tronco levemente incorporado me desafiaba con la mirada. El sol hacía brillar las pinza que exhibía en cada mano. Estaba quieto, y en lo que supuse, posición de ataque. Quizás mis movimientos de espalda habían sido interpretados por una invitación a pelear. Y sin embargo, lejos de una insinuación guerrera, mis movimientos de espalda sólo habían sido intentos de acoplarme mejor a la naturaleza de la playa. El cangrejo se desplazó lateralmente unos centímetros. SU andar le permitía mantener no abandonar la guardia. Recuerdo que mi madre hizo un chiste. Quizás para calmarme. Dijo que peor hubiera sido que se me metiera adentro por el culo. Desde aquella vez, guardo una inexplicable fascinación por los cangrejos.

camina de costado,
el cangrejo

para volver sentía el ruido del motor.
las aceleraciones y los accidentes dle camino se repiten
se puede tener memoria de eso también.


Durante la etapa de crecimiento, mi cuerpo se dio demasiadas libertades.
Creo que nada produce tanta satisfacción en este mundo, como cuando aquel cuerpo adulto que deseábamos de hermanos, primos, incluso el de nuestros padres, se empieza a desarrollar en el nuestro.
Uno siente en carne propia el trabajo de la especie. Las zapatillas chicas son una victoria irrefutable. Tener que comprar o conseguir ropa prestada de adultos es una confirmación de un proceso que no queremos que se detenga jamás.
Hubo un momento en el que yo sí quise que se detuviera. Pero del mismo modo en que el cambio había comenzado sin avisarme, luego tampoco iba a consultar su detención. Al principio, mi cuerpo había aumentado en tamaño y peso correctamente. Veía en la mirada tanto de mi madre como sus amigas, que mis músculos se moldeaban a la forma del hombre que era el objeto de su deseo. Mi ignorancia acerca de ello les permitía conservar la licencia de acariciarme. De mis brazos y pecho aparecieron músculos que jamás había sospechado. Hasta mis piernas tenían entonces un tamaño y aspecto absolutamente normal. Un poco chuecas, es cierto. Pero nada que sugiriera otra cosa o permitiera sospechar algún tipo de deformidad física. Mi madre se reprochará siempre no haber intervenido a tiempo. Creo que si no lo hizo, fue justamente porque nada sugería otra cosa que permitiera sospechar algún tipo de deformidad física. Progresivamente mis pies fueron abandonando la paralela que es normal tengan. El ángulo de la cuña de ambos pies era cada vez más notorio. Desde un punto de vista geométrico, que fue el que eligió el médico para explicarle a mi madre, que el avance es agudo. Lo que sucedía podía describirse como la tendencia de lso ángulos a devenir más agudos. Nunca pensé que mis pies pudieran llegar a torcerse de modo que se tocaran las puntas. Para que ello fuera posible, mis piernas habían colaborado. Es decir, habían girado a la altura de la cadera para quedar literalmente enfrentadas. Las técnicas que ofertaban los médicos se mostraron todas inoperantes. Mi caso, así nombraban los uniformes blancos el tema de mis piernas, no tenía solución. Visitamos muchos, de nuestra ciudad y de otras. Médico al que llegabamos, se entusiasmaba con el fracaso de sus colegas ante mi desgracia. Cuando perdía la esperanza, y no tardaba en suceder, preferían tenerme lo más lejos posible. Me derivaban. Y así estuvimos con mi madre, derivando hasta que nuestro dinero se secó completamente. Nuestras lágrimas también habían secado. Comprobamos que los médicos para conservar el orgullo y prestigio pierden rápido la esperanza. Y que nosotros no podíamos darnos el lujo de perderla. Entonces a mi madre o a la deseperación que la habitaba, se le ocurrieron una serie de técnicas caseras. Eran diferentes y los elementos involucrados variaban, pero estaban alentadas por la misma idea. La sospecha era que si mis piernas se retorcían para el mismo lado, la fuerza que operaba sobre ellas era la misma. Entonces lo que se debía hacer, era operar sobre esa fuerza pero en sentido contario.

Los procedimientos parecían más métodos de tortura que de sanación. Ante el fracaso de sus técnicas, mi madre comenzó a subjetivar mi problema. Me pedía una colaboración que era imposible. La fuerza que retorcía mis piernas no parecía provenir de mi cuerpo. Y sin embargo ella comenzó a afirmar que el retorcimiento era producto de mi empecinamiento. Sus hipótesis psicológicas tampoco permitían arrimar claridad. Ni yo pretendía no caminar para estar siempre cerca suyo. Ni tampoco había elegido a mi padre. Creo que era el modo de arreglárselas con su decepción. Sé que mucho tiempo me odió. Y sé también que si yo comencé a participar en el fracaso de sus métodos, fue para repartir la responsabilidad de la tristeza. Ella corroboraba sus tontas hipótesis, y yo la veía más tiempo del día feliz. Entendí que las prendas de adultez con que el desarrollo viste a los niños, son desparejas. En mi caso, hasta injustas.

Supongo que por pasar tantas horas dentro de casa, adquirí el hábito de pensar. Es decir, la actividad inmóvil de volver una y otra vez sobre lo que pienso. A veces mi única actividad durante el día es ésa, pensar. Es extraño, pero cansa. A veces más que tener que hacer mandados una mañana entera. Hubo una época, cuando la única preocupación eran las usurpaciones, en la que mi madre me sugirió que hablara si escuchaba algún ruido en la puerta. Y en varias oportunidades pasó. Pisadas que se detenían frente a nuestra casa. Y se quedaban allí unos instantes sin llamar a la puerta ni hablar. Entonces comenzaba la charla. Pero debía hacerlo por mí y por alguien más. Un diálogo conmigo mismo pero con voces distintas. Creo que la segunda voz no era precisamente creativa. Pero su ocurrencia fue espontánea. Por evitar un estornudo me tapé la nariz y continué hablando. Mi voz se volvió más apagada y por supuesto más nasal. De modo que sugería que alguien hablaba desde el fondo de la casa. Y que esa voz resfriada pertenecía a una persona mayor. Con la práctica fui perfeccionando tanto la fluidez de los cambios de voz como el contenido de los diálogos. Me dio confianza advertir que mi técnica disipaba las intenciones de los ocupas. Es más, un día me atreví a reprsentar una escena, literalmente. Había algo en disputa, no recuerdo bien qué. La cuestión es que después de gritarse un rato, una de las voces quebraba en llanto. La otra seguía con los alaridos. Así fue que mi madre, que estaba del otro lado de la puerta y no encontraba la llave se quedó escuchando hasta el final. Cuando entró, me debe haber visto con el rostro empapado en lágrimas y en mi boca hablando la voz que había gritado pidiéndome disculpas. Mi madre dijo que ya no era necesario. Y desde entonces me prohibió este ejercicio. Lo que no implica que haya dejado de hacerlo adentro de mi cabeza. Pensar se parece mucho a eso.

Una noche tuve un sueño. Horrible. Estaba en el tinglado al que voy diariamente. Pero la diferencia era que lo visitaba de noche. Para mi asombro los caños, chapas y cisternas que durante el día lucían un óxido más o menos parejo, en el sueño estaban iridescentes. De su superficie brillaban colores fosforescentes. Y rebotaban entre ellos esos fogonazos de luz. Hacían acordar a esas estrellitas que los chicos pegan en el techo de sus habitaciones. Y que cuando el cuarto queda en oscuridad, asoman su débil tintineo. Lo que era llamativo era el material de las estructuras. Juro que se veían iguales a huesos. De una ballena, o algún animal marino que ni los libros de biología sospechan. El techo del tinglado era sin duda su caparazón. Y los tubos sus largas piernas. Caminé debajo de él, con miedo a que me aplastara. Cuando llegué al mar pude verlo de frente. Es un modo de decir, porque ver un cangrejo de frente es en realidad verlo de costado. Enfrenta la realidad lateralmente. Era clarísimo, los dos faroles que había visto siempre apagados eran sus ojos. Y estaban encendidos. Por ello, supongo, había un ejército interminable de cangrejos que abandonaban el mar y se dirigían al tinglado. Enceguecidos por esos ojos de cuarzo se introducían en una cámara situada en la panza del cangrejo. Seguí su dirección. Mi ganó la curiosidad de saber que había en la oscuridad en la que todos decidían hundirse. Y por otra parte, para no estorbar el movimiento orquestado de ese batallón.


Mi realidad pasaba de costado. Lateral, digamos. Y como el cangrejo, estaba incrustado en una estructura que parecía no ser la mía.