Primer momento
La ignorancia que se ignoraba a sí misma
Hay quienes les resulta incomprensible que un médico fume. Es posible que vean allí una elección deliberada de la muerte. Y en ellos, por saber el daño que produce el cigarrillo, eso resulta imperdonable. Algo de razón tienen. Supongo, porque no es del todo lógico que uno deposite su vida, en las mismas manos de alguien que suele tener durante el día entre sus dedos ese utensillo mortal. Es paradójico. Un hombre que se dedica a salvar la vida de los demás, al mismo tiempo, se administra sistemáticamente la muerte. No es porque yo sea enfermera que el hábito me resulte más o menos admisible. Pero viendolos fumar, después de una operación, pareciera que recuperaran su humanidad. Más, después de tantas horas de tensión y precisión quirúrgica. Infinitas veces, he visto la vida de pacientes, pasearse frágil entre las manos del equipo médico. Finalizada la intervención, es costumbre salir a fumar. La mayoría de los hospitales han habilitado pequeños jardines. En cuyos costados ubican largas barras con arena. Son tantas las colillas de cigarrillos hundidas verticales en la arena, que no hay quien no haya bromeado alguna vez con la imagen de los cementerios. En familia, yo era la excepción. Fumaba como el resto de los médicos, pero en mi caso, por ansiosa.La ignorancia que se ignoraba a sí misma
Un día, el hospital en que trabajaba, quiso intervenir en esta práctica tan difundida. Los médicos debían dar el ejemplo. Si eran trabajadores de la salud, debían exhibir también cuerpos saludables. Para algunos fue imposible adaptarse al cambio. Resolvieron abandonar las comodidades de los hospitales privados, por las flexibilidad de los controles en los establecimientos públicos. Otros en cambio, aceptaron tomar las charlas y actividades para dejar de fumar, que el propio hospital costeaba. Las charlas eran por supuesto aburridas. Quienes pretendían ilustrar a los médicos los daños del cigarrillo, sabían menos que ellos. Las preguntas de los asistentes al taller eran casi todas malintencionadas. Buscaban mostrar las lagunas de los pobres instructores. Pero, a pesar de ello, los índices de deserción del cigarrillo eran altísimos. Después de lo que todos sabemos, el miedo a perder el trabajo volvía cualquier método eficaz. En las paredes de los ascensores, habían pegado afiches. En los cuales había gráficos con barras que ilustraban la ascendente victoria en la lucha contra el hábito. En la parte final del combate, la estrategia se focalizó en algunos casos. Había carteles que indicaban los nombres de quiénes persistían con el cigarrillo. Supongo que por verguenza terminaron dejando. Los que no pudieron acoplarse a la nueva política del hospital, dejaron de venir de un día para el otro. Suponemos que fueron echados. Una mañana al abrirse las puertas del ascensor, quienes ibamos a subir, nos encontramos con un enorme cartel. Ocupaba tres paredes del amplio cubículo. La frase decía: le ganamos al cigarrillo. Nadie dijo nada, pero no hubo un rostro en el que no brilló la derrota. Esto viene a cuento de que en aquel entonces, comencé con las clases de gimnasia aeróbica. O aerobics, a secas, como decía en el folleto.
Segundo momento
La creencia organiza rituales
Hablé de la relación paradíjoca que tienen los médicos con la muerte de los demás y la suya propia. En el caso del Maestro, la relación era inversa. Él parecía administrar la muerte a los demás, para postergar la suya.La creencia organiza rituales
Siempre me ha sorprendido la predisposición natural de la gente a dar su vida por algo. La mayoría de las veces por cosas de lo más estúpidas. Yo misma sin ir más lejos. Ser enfermera no se trata sino de eso. Pero me refiero a aquellos en los que esto no aparece tan claro. Cuántas oficinistas y empleados terminan por entregar
Y no es difícil oír en sus quejas por la precariedad de sus condiciones laborales, cierta modalidad de goce. Cada vez estoy más convencida de que en su resignación, hay también, cómo llamarlo. Una experiencia de placer. De la que pareciera no pueden sustraerse. Era un rasgo común a casi todas las integrantes del grupo. Combinaban interminables jornadas laborales con dietas militares y horas semanales consagradas al cuidado del cuerpo. Una sentía que las clases
Solía suceder, que la fé o el amor al Maestro -en esa época ya era difícil distinguir- menguaba. Distraídos por pensamientos propios, la creencia se apartaba. Esas interrupciones eran perjudiciales. Se veía en cierto desapego o desgano con la cual se realizaban los rituales. El Maestro estaba muy atento a esos detalles. No llenar correctamente la copa que utilizabamos en la ceremonia, por ejemplo. Podía ser el menor decsuido. Pero el Maestro comprobaba allí el ejercicio del mal. El mal era para nosotros la desintegración. Si el amor era la unión, todo aquello que tendía a distanciarnos era peligroso. Por lo mismo que habíamos decidido vivir todos juntos. Si bien era un modo de evitar las distracciones dle mundo, era también para muchas, un resguardo contra los problemas hacía tiempo nos aguardaba en nuestras respectivas casas. En la tienda, así la llamábamos, se vivía una paz y armonía casi absolutas. En cierto sentido, aquella casa era una tienda. Transformamos la pequeña habitación que daba a la calle, en un local. Vendíamos allí inciencos que nosotras mismas fabricábamos. Almohadones, que importábamos gracias a un contacto que tenía una en la Aduana. Piezas de la India como elefantes, budas de todos los tamaños y algunas prendas holgadas para practicar yoga. Si bien hacíamos algo de dinero, la suma no alcanzaba para pagar los gastos de la casa. Éramos entre ocho y siete sin contar al Maestro. Y algunas al incorporarse a grupo habían abandonado también sus trabajos. Ese sacrificio o entrega, les otorgaba algunos privilegios. Podían pasar más tiempo cerca del Maestro. Acompañarlo durante sus interminables sesiones de meditación. Y en las ceremonias se les reservaba ciertos privilegios. En mi caso, el Maestro había resuelto que continuara con mi actividad. El grupo precisaba de dinero, y sobretodo, del recetario y mis beneficios en los medicamentos.
Era habitual que el Maestro eligiera alguna de nosotras para pasar la noche. La elección solía ser muy discreta. Tanto que a veces bastaba con una simple mirada para comprender su llamado. Podía suceder que repitiera, alguna, durante varias noches. Eso no estaba bien visto por las demás. Traía problemas que de alguna manera estaban relacionados con esa sospecha de favoritismo. No sé si se trataba de celos. Pero hacía peligrar uno de los pilares del grupo que era la igualdad. En un momento, que ya no recuerdo, varias mujeres aparecieron a la mañana siguiente con heridas estimables. Digo estimables, en el sentido de que creí -como enfermera- que debían ser atendidas. Es curioso que ante esas lastimaduras de fuego y moretones, sólo veía una zona donde aplicar los conocimientos de mi oficio. Jamás atendí a los niveles de crueldad y violencia que los debían haber provocado. La rotación de la compañía nocturna al Maestro, permitió que en apenas un mes se distribuyera equitativamente heridas, cortes y lastimaduras a todas por igual. Las primeras en haber recibido las palizas, exhibían no sin cierto orgullo las marcas. Fueron muy rápidamente interpretadas como el acceso a privilegios. O algo que para el Maestro las diferenciaba del resto. Tal era así, que las últimas en recibir la paliza aguardábamos ansiosas aquel momento. De algún modo que no sabría explicar, durante la época de las palizas el lazo se había estrechado. La creencia florecía de todas partes. Nos dedicábamos enteramente al otro. EL amor apenas cabía en nuestro pechos. Era como si la violencia hubiera logrado traer de nuevo a nuestro cuerpos la positividad de la enegría. En aquel momento, creo que ninguna sospechaba que nuestra creencia podía algún día agotarse.
Tercer momento
La disolución del lazo
Un día, no recuerdo qué hora de la madrugada, fui despertada por el Maestro. Ví algo que jamás había visto en su rostro: temor. Me levantó de un tirón de la cama y me arrastró hasta su habitación. No sé si las demás chicas oyeron algo. Cuando ingresé en la habitación, una de las más jóvenes yacía en el piso. Advertí que en las cuatro paredes había trazos de sangre fresca. SE parecía a esos estallidos de pintura que suelen ser caracterizar a lso cuadros contemporáneos. En el hospital que trabajo, hay uno en cada sala de espera. Me acerqué a la joven. No recuerdo su verdadero nombre, creo que en su nueva vida había sido bautizada Sari. Le dije algo al oído mientras le tomaba el pulso. Apenas respiraba. Y lo hacía con dificultad. Coágulos de sangre burbujeaban en su nariz en cada exhalación. El espectáculo era aterrador. Vi al Maestro desesperado acercandose al cuerpo de la joven. Le pedía disculpas. Después oí que la maldecía y pretendía seguir golpeándola. Le advertí que si continuaba con las piñas terminaría de matarla. Se calmó. Sari apenas si tenía fuerza respirar. Si corazón latía, como decimos los médicos, de memoria. Hablé con el hospital, directamente con la ambulancia. En cinco minutos estuvo en la puerta de la tienda. Mientras tanto, até con toallas los tajos que fui decsubriendo después de limpiar el enchastre de sangre. Apliqué torniquetes en brazos y piernas. En el parlante del equipo de música del Maestro sonaban unos tambores a todo volumen. Le pedí que tuviera a bien apagarlos. No íbamos a oír el timbre de la ambulancia. Se negó a hacerlo, temía que se despertaran las demás chicas. Cuando llegó el equipo médico Sari fue llevada de urgencia al hospital. Su vida la acompañó hasta las puertas de la sala quirúrgica. Mis amigos médicos se portaron de maravilla. No hubo ningñun inconveniente con la partida de defunciòn y esos papeles. El Maestro agradeció siempre mi ayuda aquella noche. Mi silencio posterior garantizaba un vínculo especial.La disolución del lazo
Mi primer mentira. Me hice la enferma.
El Maestro solía mostrar utilizar en sus discursos la figura del caballo. Para el Islam los caballos son seres sagrados.
EL tipo tenìa un caballo árabe en el palermo
Terminan matándo al Maestro. Cortándolo todo.
arena en la vereda, habìa que mojarña daba aire d epueblo