ensayar la escritura

El cautiverio de la imagen

Después de lo que todos sabemos

Quedaba tan cerca que en realidad, lo raro, era que no viniera más gente. No recuerdo la primera vez que lo visité. Mejor dicho que tropecé con ese lugar. Antes de conocerlo me hubiera sido imposible imaginar. Visitar, lo que se dice visitar, fue lo que hice después de esa primera vez. Casi religiosamente volvía todos los días.

Era así. Primero sentía una serie de vibraciones suaves, ondulantes. Después el ritmo ganaba en latidos externos de un corazón que por supuesto no era el mío. Esa especie de estampida de indios, digamos, crecía hasta montar su galope en mis oídos. Mis tímpanos se nublaban, como si me hubiera entrado agua. Y un zumbido mudo se instalaba en la parte superior de mi cabeza. El estribillo que se repetía era el sonido de una doble erre ininterrumpida. Sentía una especie de mareo o ganas de vomitar. Seguramente la debilidad de mis piernas colaboraba. Era lógico que flaquearan en la embestida. Aún cuando estuviera sentado o acostado.

La erre podía durar varios minutos. La variación más notable era el ascenso del volumen. Sentía un grupo electrógeno de hospital encendido en mi cabeza. Pero más temprano que tarde, el torbellino se transformaban en un espaciado rebote. Lo más parecido a un chico que empieza a jugar al basquet. Afortunadamente el ruido desmayaba en el lento y acompasado vagar de olas. Yo estaba completamente seco, pero convencido de haber sido bañado en algo. Y con la certeza de que lo tenía incrustado. (porque es un crustáceo jaja)

El temor que me perseguía era que por algún motivo el lugar hubiera desaparecido. Y no era poco probable. Que una ordenanza municipal por ejemplo. Decidiera que ese terreno, así, era un desperdicio. Y que una comunidad tan pequeña como la nuestra. Tan alejada de donde pasan las decisiones que empujan el destino del mundo. Se diera el lujo de no hacer rendir económicamente esas hectáreas. Y aún cuando no hubiera dinero. Siempre algún inversionista extranjero estaría dispuesto a hacer más dinero.

Aquel día, creo de otoño, bajé equivocadamente del colectivo. Por ignorancia o ansiedad, tal vez ambas, bajé en la parada anterior. A esa altura bien podría haber sido la posterior. Eso lo supe después. Mi desconocimiento del lugar entonces volvía ambas direcciones: igual de posibles, igual de ciertas. Caminaba apurado como si fuera hacia la primera clase de algo. Y me he comprobado que lo único que se exige en una primera clase es puntualidad. Es el primer acuerdo. Y hasta a veces, una promesa cumplida. Habrá aprendizaje. Apuré aún más el paso. Me hubiera gustado correr.

Desde el colectivo, había visto cómo paulatinamente, a medida que uno se alejaba del centro de la ciudad y se acercaba a la periferia, las cuadras iban abandonando la rigurosidad de su definición. A veces los cien metros se prolongaban en kilómetros. El recorrido del colectivo era poco original. Repetía con menos sinuosidad el trazado de la costa. A veces en algunas esquinas asomaba el mar. Era divertido pensar que había quienes vivían entre una calle y el mar. Ya viajábamos por aquella zona donde la periodicidad de las calles que cortaban la principal se volvía más caprichosa. Cuando toqué el timbre para avisarle al conductor que bajaba en la próxima parada, éste detuvo inmediatamente el colectivo. Se abrió la puerta y descendí. No había ningún poste que indicara que había allí una parada. Ya en marcha recordé el rostro del conductor. Después de lo que todos sabemos, el espacio de los choferes había sido cercado por pequeños cubículos. En realidad eran dos planchas de vidrio grueso. Quizás blindado. Lo que daba la impresión de que estuvieran en una pecera. MI madre decía que es increíble como cuando se separa algo de lo público enseguida eso se rodea de algo espectacular. Y es cierto, había algo teatral en esa escena. Contaba que había algo de desorientación en la imagen que me había devuelto del chofer el espejo retrovisor. Como a esa altura del viaje era el único pasajero, al descender, dejaba el colectivo vacío. Creo que algo de eso había afectado al conductor. Y a pesar de que quizás hubiera querido ocultarlo, en su rostro era evidente. Aunque no supiera nombrarlo, algo de viajar con el colectivo vacío lo volvía injustificado. A él, a su trabajo. Y todos los asientos del coche vacíos, volvían esto insoportablemente evidente. Es decir que si había frenado de inmediato, lo había hecho por bronca. Mi decisión de descender lo introducían en el viaje por delante al dominio de lo injustificado. Mientras caminaba, sospeché que a modo de venganza a la vuelta cuando lo aguardara en la parada no detendría la unidad. Pero afortunadamente me equivoqué.

De afuera parecía un parque de diversiones. Nunca estuve en uno, pero estoy seguro de que deben ser así. Más grandes quizás, pero así de exhuberantes. Hacía acordar al despilfarro de naturaleza los días después del big bang. Eran inagotables las formas de plástico y caño retorcidos. Enormes tubos -como piernas- bajaban agresivamente veinte metros de altura y encastraban en recipientes que sospeché vacíos. Otros, por su trayectoria horizontal más pareja y prolongada debían ser de traslación. Muchas piezas en su superficie chorreaban el metal ahora seco de la soldadura. Había grandes cisternas que aboyados por el viento sugerían órganos del cuerpo. Advertí que todas las estructuras se incrustaban en una especie de techo o caparazón. De chapa, seguramente.

Es cierto que su tamaño es lo que en un primer momento triunfaba en la percepción. Pero al rato, lo más llamativo y asombroso era el riesgo formal de esas arquitecturas. Su agresividad con el espacio. No sé me ocurre otra manera mejor de nombrarlo. Sin duda el óxido también les daba un aire de época. Como si ese espacio estuviera fuera o al margen del tiempo. Como si hubiera pertenecido a una edad prehistórica. Pero de la que inexplicablemente tenemos recuerdo de haber visto alguna vez. Creo que lo que las mantenía vigentes era la perseverancia en ese gesto agresivo. El tiempo evitaba el filo de sus lados.


En la entrada del lugar unas puertas de reja entorpecían el paso. Pasé con holgura por la panza de la curva entre dos rejas. Un tejido de alambre rodeaba todo el perímetro de la construcción. En inspecciones posteriores comprobé que en muchas partes el tejido estaba roto. Lo que le daba un carácter más ridículo a las rejas de la entrada. Creo que a otros este lugar les hubiera parecido obsoleto. Hasta innecesario. El viaje y cierta prisa no sé de qué habían alojado en mi vientre la urgencia inconfundible de un pis. La postergación de la caminata no había sido exitosa. Sentí agudas puntadas en la panza. Con precisión quirúrgica había pinzas que tironeaban en mi vegija. Orinar era una actividad que sólo hacía en soledad. Por eso siempre evitaba la intemperie. Aclaro, por lo inabarcable. La inmensidad permite alojar miradas curiosas que se ocultan de la nuestra. Y la sospecha de una, alcanza para frustrar la soledad imprescindible. No dije que vivo con mi madre.
En casa el baño al ser tan pequeño permite controlar la privacidad que reclama orinar. Hace un tiempo me di cuenta que si pongo la radio con un volumen elevado antes de ir al baño, orinar me da más placer. ES una práctica que hago aún cuando mi madre no está.

Las horas que pasa en casa son cada vez menos. Y eso, no implica necesariamente más trabajo. Recuerdo que al principio podía trabajar en casa. Pero, después de lo que todos sabemos, la gente decidió no abandonar sus casas. De a poco las visitas de los clientes fijos comenzaron a menguar su asiduidad. Demasiado riego, decían para consolar a mi madre. Hasta entonces ser atendidos por mi madre era riesgoso. Y es indudable que esa cuota de peligrosidad era constitutiva de esa experiencia de placer. Pero ya después el riesgo no era algo medible. O al menos, sus límites habían dejado de ser claros. Y ellos no se querían exponer. Entonces mi madre resolvió ofrecer sus servicios a domicilio. Si el trabajo no toca la puerta de tu casa, deberás salir a buscarlo. O algo así.

Por el mismo motivo que mi madre debía irse de casa, yo debía quedarme. Se decía que había quienes aprovechaban las horas de jornada laboral para ocupar las casas. Al regresar, se encontraban con que su llave había olvidado cómo abrir la puerta. Si tenían suerte los usurpadores habían dejado las pertenencias del otro lado de la puerta. Lo que volvía menos tolerable la injusticia indiscutible de la ocupación. Ese gesto de generosidad negaba la atrocidad. O al menos introducia ambiguedad donde no era admisible. A veces cuando mi madre regresaba a casa, durante la cena, me contaba quién había sido desalojado. Al principio se vieron encarnizadas peleas en cada cuadra. Hubo muertes de las que nadie se sintió culpable. Sobre sangre seca, se derramó sangre fresca. La mayoría había recordado que era capaz de matar. Y no sólo estaba dispuesto a hacerlo. Sino que después de haberse inciciado, guardaban cierta fascinación con el nuevo chiche que era para algunos matar. Pero al cabo de un tiempo la violencia disminuyó notablemente. Creo que no somos un pueblo lo suficientemente sanguinario. Cuando nuestra casa vecina fue ocupada, oí que sus dueños le agradecían a los usurpadores haberles dejado los muebles afuera. Agradecido.

Recorrí el terreno para verificar mi soledad.


Una sola vez en mi vida fui a la playa. En realidad, fuimos. Mis padres y yo. Recuerdo que acostados en la arena, sentí una molestia en la espalda. La molestia se desplazó algunos centímetros por mi espalda. Al moverme para acomodar -lo que suponía una piedrita- en alguna concavidad de mi espalda, la molestia cesaba. Así un rato. Hasta que del lugar en que estaba la molestica, recibí un pellizco punzante. Me incorporó mi propio alarido. Debajo de la toalla, casi del mismo color de la arena, descubrí al culpable. Un bicho parecido a una araña pero con el tronco levemente incorporado me desafiaba con la mirada. El sol hacía brillar las pinza que exhibía en cada mano. Estaba quieto, y en lo que supuse, posición de ataque. Quizás mis movimientos de espalda habían sido interpretados por una invitación a pelear. Y sin embargo, lejos de una insinuación guerrera, mis movimientos de espalda sólo habían sido intentos de acoplarme mejor a la naturaleza de la playa. El cangrejo se desplazó lateralmente unos centímetros. SU andar le permitía mantener no abandonar la guardia. Recuerdo que mi madre hizo un chiste. Quizás para calmarme. Dijo que peor hubiera sido que se me metiera adentro por el culo. Desde aquella vez, guardo una inexplicable fascinación por los cangrejos.

camina de costado,
el cangrejo

para volver sentía el ruido del motor.
las aceleraciones y los accidentes dle camino se repiten
se puede tener memoria de eso también.


Durante la etapa de crecimiento, mi cuerpo se dio demasiadas libertades.
Creo que nada produce tanta satisfacción en este mundo, como cuando aquel cuerpo adulto que deseábamos de hermanos, primos, incluso el de nuestros padres, se empieza a desarrollar en el nuestro.
Uno siente en carne propia el trabajo de la especie. Las zapatillas chicas son una victoria irrefutable. Tener que comprar o conseguir ropa prestada de adultos es una confirmación de un proceso que no queremos que se detenga jamás.
Hubo un momento en el que yo sí quise que se detuviera. Pero del mismo modo en que el cambio había comenzado sin avisarme, luego tampoco iba a consultar su detención. Al principio, mi cuerpo había aumentado en tamaño y peso correctamente. Veía en la mirada tanto de mi madre como sus amigas, que mis músculos se moldeaban a la forma del hombre que era el objeto de su deseo. Mi ignorancia acerca de ello les permitía conservar la licencia de acariciarme. De mis brazos y pecho aparecieron músculos que jamás había sospechado. Hasta mis piernas tenían entonces un tamaño y aspecto absolutamente normal. Un poco chuecas, es cierto. Pero nada que sugiriera otra cosa o permitiera sospechar algún tipo de deformidad física. Mi madre se reprochará siempre no haber intervenido a tiempo. Creo que si no lo hizo, fue justamente porque nada sugería otra cosa que permitiera sospechar algún tipo de deformidad física. Progresivamente mis pies fueron abandonando la paralela que es normal tengan. El ángulo de la cuña de ambos pies era cada vez más notorio. Desde un punto de vista geométrico, que fue el que eligió el médico para explicarle a mi madre, que el avance es agudo. Lo que sucedía podía describirse como la tendencia de lso ángulos a devenir más agudos. Nunca pensé que mis pies pudieran llegar a torcerse de modo que se tocaran las puntas. Para que ello fuera posible, mis piernas habían colaborado. Es decir, habían girado a la altura de la cadera para quedar literalmente enfrentadas. Las técnicas que ofertaban los médicos se mostraron todas inoperantes. Mi caso, así nombraban los uniformes blancos el tema de mis piernas, no tenía solución. Visitamos muchos, de nuestra ciudad y de otras. Médico al que llegabamos, se entusiasmaba con el fracaso de sus colegas ante mi desgracia. Cuando perdía la esperanza, y no tardaba en suceder, preferían tenerme lo más lejos posible. Me derivaban. Y así estuvimos con mi madre, derivando hasta que nuestro dinero se secó completamente. Nuestras lágrimas también habían secado. Comprobamos que los médicos para conservar el orgullo y prestigio pierden rápido la esperanza. Y que nosotros no podíamos darnos el lujo de perderla. Entonces a mi madre o a la deseperación que la habitaba, se le ocurrieron una serie de técnicas caseras. Eran diferentes y los elementos involucrados variaban, pero estaban alentadas por la misma idea. La sospecha era que si mis piernas se retorcían para el mismo lado, la fuerza que operaba sobre ellas era la misma. Entonces lo que se debía hacer, era operar sobre esa fuerza pero en sentido contario.

Los procedimientos parecían más métodos de tortura que de sanación. Ante el fracaso de sus técnicas, mi madre comenzó a subjetivar mi problema. Me pedía una colaboración que era imposible. La fuerza que retorcía mis piernas no parecía provenir de mi cuerpo. Y sin embargo ella comenzó a afirmar que el retorcimiento era producto de mi empecinamiento. Sus hipótesis psicológicas tampoco permitían arrimar claridad. Ni yo pretendía no caminar para estar siempre cerca suyo. Ni tampoco había elegido a mi padre. Creo que era el modo de arreglárselas con su decepción. Sé que mucho tiempo me odió. Y sé también que si yo comencé a participar en el fracaso de sus métodos, fue para repartir la responsabilidad de la tristeza. Ella corroboraba sus tontas hipótesis, y yo la veía más tiempo del día feliz. Entendí que las prendas de adultez con que el desarrollo viste a los niños, son desparejas. En mi caso, hasta injustas.

Supongo que por pasar tantas horas dentro de casa, adquirí el hábito de pensar. Es decir, la actividad inmóvil de volver una y otra vez sobre lo que pienso. A veces mi única actividad durante el día es ésa, pensar. Es extraño, pero cansa. A veces más que tener que hacer mandados una mañana entera. Hubo una época, cuando la única preocupación eran las usurpaciones, en la que mi madre me sugirió que hablara si escuchaba algún ruido en la puerta. Y en varias oportunidades pasó. Pisadas que se detenían frente a nuestra casa. Y se quedaban allí unos instantes sin llamar a la puerta ni hablar. Entonces comenzaba la charla. Pero debía hacerlo por mí y por alguien más. Un diálogo conmigo mismo pero con voces distintas. Creo que la segunda voz no era precisamente creativa. Pero su ocurrencia fue espontánea. Por evitar un estornudo me tapé la nariz y continué hablando. Mi voz se volvió más apagada y por supuesto más nasal. De modo que sugería que alguien hablaba desde el fondo de la casa. Y que esa voz resfriada pertenecía a una persona mayor. Con la práctica fui perfeccionando tanto la fluidez de los cambios de voz como el contenido de los diálogos. Me dio confianza advertir que mi técnica disipaba las intenciones de los ocupas. Es más, un día me atreví a reprsentar una escena, literalmente. Había algo en disputa, no recuerdo bien qué. La cuestión es que después de gritarse un rato, una de las voces quebraba en llanto. La otra seguía con los alaridos. Así fue que mi madre, que estaba del otro lado de la puerta y no encontraba la llave se quedó escuchando hasta el final. Cuando entró, me debe haber visto con el rostro empapado en lágrimas y en mi boca hablando la voz que había gritado pidiéndome disculpas. Mi madre dijo que ya no era necesario. Y desde entonces me prohibió este ejercicio. Lo que no implica que haya dejado de hacerlo adentro de mi cabeza. Pensar se parece mucho a eso.

Una noche tuve un sueño. Horrible. Estaba en el tinglado al que voy diariamente. Pero la diferencia era que lo visitaba de noche. Para mi asombro los caños, chapas y cisternas que durante el día lucían un óxido más o menos parejo, en el sueño estaban iridescentes. De su superficie brillaban colores fosforescentes. Y rebotaban entre ellos esos fogonazos de luz. Hacían acordar a esas estrellitas que los chicos pegan en el techo de sus habitaciones. Y que cuando el cuarto queda en oscuridad, asoman su débil tintineo. Lo que era llamativo era el material de las estructuras. Juro que se veían iguales a huesos. De una ballena, o algún animal marino que ni los libros de biología sospechan. El techo del tinglado era sin duda su caparazón. Y los tubos sus largas piernas. Caminé debajo de él, con miedo a que me aplastara. Cuando llegué al mar pude verlo de frente. Es un modo de decir, porque ver un cangrejo de frente es en realidad verlo de costado. Enfrenta la realidad lateralmente. Era clarísimo, los dos faroles que había visto siempre apagados eran sus ojos. Y estaban encendidos. Por ello, supongo, había un ejército interminable de cangrejos que abandonaban el mar y se dirigían al tinglado. Enceguecidos por esos ojos de cuarzo se introducían en una cámara situada en la panza del cangrejo. Seguí su dirección. Mi ganó la curiosidad de saber que había en la oscuridad en la que todos decidían hundirse. Y por otra parte, para no estorbar el movimiento orquestado de ese batallón.


Mi realidad pasaba de costado. Lateral, digamos. Y como el cangrejo, estaba incrustado en una estructura que parecía no ser la mía.