Hace tiempo visito la casa de gente. No estilo ser ni el último ni el primero en llegar. Me manejo con cierta discreción digamos. Encuentro las puertas de la casas siempre abiertas. A veces la gente atestada en la vereda demora el ingreso. Como es costumbre aquí, se concentran en círculos para hacer girar la charla. De modo que no es posible acceder al lugar, sin interrumpir la conversación. Quien habla en general es el que sabe más. O estuvo más cerca de lo sucedido. Eso le da más derecho a la palabra, parece. Los demás escuchan atentos. A algunos la explicación los satisface. A los que no, lloran. Espero. No tengo apuro. Miro las caras. Las conocidas, y las nuevas. Soy uno más. Alzo la vista. El cielo. Quisiera recordar cómo lo veían mis ojos, cuando su misterio todavía no me había sido compartido.
Llega más gente. Algunos aguardan que los más próximos a la puerta abandonen el lugar. No es lo que sucede. Tomados por la charla, no advierten la multitud que se ha reunido alrededor suyo. En gran parte, por su actividad sedentaria. Los hay, impacientes, que vulneran la proliferación de anillos. Logran lo que parecía imposible. Acceder a la casa. Otros agurdan, por respeto.
EL hijo de un bla bla, que mató a su madre.
visita su propìa muerte,
Cuando finalmente logro llegar al cajón, advierto que está vacío. El cajón, normal de tamaño, es de una madera finísima. Oscura, casi sin vetas. No se ven por aquí. Acaricio con la mano uno de sus costados. Mi palma se desliza sin registrar arrugas en la superficie. No hay duda que es traída del Líbano. se mete adentro. prende unas velas
se guarda en el cajòn con las velas y comienza a arder. Cerré los ojos, como quien simula para los demás estar dormido.
acompañar en silencio. parece una práctica fantasma. que alentara a ausentarse.
lo que los demás sospechan de mí, amigo o pariente
no llama la atención
A quienes compartimos este oficio, nos Es curioso que nada les llame la atención en mí. A veces pienso que se deben dar cuenta. Y si no lo dicen es por la misma discreción con la que yo me manejo. Supongo que después de lo que todos sabemos.
Soy uno menos.
Llega más gente. Algunos aguardan que los más próximos a la puerta abandonen el lugar. No es lo que sucede. Tomados por la charla, no advierten la multitud que se ha reunido alrededor suyo. En gran parte, por su actividad sedentaria. Los hay, impacientes, que vulneran la proliferación de anillos. Logran lo que parecía imposible. Acceder a la casa. Otros agurdan, por respeto.
EL hijo de un bla bla, que mató a su madre.
visita su propìa muerte,
Cuando finalmente logro llegar al cajón, advierto que está vacío. El cajón, normal de tamaño, es de una madera finísima. Oscura, casi sin vetas. No se ven por aquí. Acaricio con la mano uno de sus costados. Mi palma se desliza sin registrar arrugas en la superficie. No hay duda que es traída del Líbano. se mete adentro. prende unas velas
se guarda en el cajòn con las velas y comienza a arder. Cerré los ojos, como quien simula para los demás estar dormido.
acompañar en silencio. parece una práctica fantasma. que alentara a ausentarse.
lo que los demás sospechan de mí, amigo o pariente
no llama la atención
A quienes compartimos este oficio, nos Es curioso que nada les llame la atención en mí. A veces pienso que se deben dar cuenta. Y si no lo dicen es por la misma discreción con la que yo me manejo. Supongo que después de lo que todos sabemos.
Soy uno menos.