ensayar la escritura

El cautiverio de la imagen

Rosca

Los que estamos aquí, aguardamos ser atendidos. Las camas, sillas y bancos con los que cuenta la institución hacen de la espera algo más llevadero. Hay quienes ya olvidaron el día que ingresaron. Escuché de alguien que colaboró cuando se plantaron los cipreses del parque. Viendo su altura, que casi compite con la del edificio, es difícil imaginar que alguna vez fueron traídos aquí en macetas. Es lógico que la misma espera nos haya dividido en grupos. No existen verdaderas diferencias. Compartimos las mismas ventajas y deficiencias del edificio y la organización. Es más, la comida por ejemplo. No sólo es la misma para todos. Sino que además, se sirve en bandejas que dificultarían servirle más a uno que a otro. Pero como decía, el tiempo transcurrido amontona a las personas. Hay quienes durante la tarde se sientan en fila a lo largo de uno de los pasillos principales. Nadie tiene prohibido hacerlo también. Los que no nos sentamos en el pasillo, simplemente utilizamos a esa hora pasillos laterales. O por ejemplo, los que se distribuyen en las baldosas del patio delantero. Quien quisiera podría atravesarlo. Y estoy seguro nadie le diría nada. Pero el que lo hiciera seguramente tendría la sensación de que interrumpe algo. Aclaro que estos agrupamientos, como pudiera pensarse, no implican relaciones de amistad. Mucho menos afectivas. Es tan raro que alguien le dirija la palabra otro, como que lo escuchen. Eso no quita que

sentado en la medianera


Los del patio juegan al ajedrez. Arriba en la terraza, otros siguen la partida.

En el patio juegan al ajedrez. Desde la terraza siguen atentos la partida. Corre por los pasillos el rumor de la contienda. Uno de los dos que sueñan en camas enfrentadas, demora la próxima movida.

fui animal

MANADA


En la costa de la laguna
fue la toreada/topada.
El más grande ellos
vino a encontrar
su pelea conmigo.
Rápido
circularon
los demás
una redonda
geométrica.
Al compás.

Nos cascoteamos
mordiscos
a la distancia.
Circunvalamos
los bordes
donde
precipitaba
el peligro.
Exhibía
su joyería
con la boca abierta.
De afuera
aplaudían
castañeando
los dientes.
Gané aplomo
en el suelo
y le tenté un tarascón
al cuello.



Afirmé
la tenacidad
de mis mandíbulas
en la cruz del lomo.
Su muerte
se ajustó
a mis colmillos.
Los hundí demás
para que no
zafara
hilito de vida.
Mi baba le
rezó un rosario
entero.





Alojaron
mis fosas nasales
el pis
de los compañeros.
Ya no podía
perderme.
Éramos familia.




La naturaleza
se pronunciaba
sin palabras
en mí.



Quedé dormido
a pocos pasos de la laguna,
acurrucado
como la costa
a la orilla.

La fresca de la noche
respiró
lenta,
por mí.

En el cuerpo aún latía
un cansancio
parecido a la muerte.

La noche
volvía nítida
la oscuridad.
Convencidos
descansaron
hasta
los pájaros.
Se vieron
hojas
opacar
resentidas
la insistencia
de la luz.
Chorreaba
de las ramas
de sauces
los resplandores
del día.

Tuve un sueño
que no recuerdo.

La mañana
siguiente
batió
el sol
su aleteo
avispado
en mis ojos
secos.
De mi panza
humeaba
el frío vapor
del rocío.
Chispeaba
mi pelo
el brillo
anaranjado del amanecer.

Rasqué
mi espalda
para
quitarme la picazón
del pasto.
cuero
dos centímteros de sensibilidad perdida.






El mediodía
respiraba
su fiebre
en el aire.
Busqué

Bajo la sombra
de una mora
aguardé
el llamado
de un cuervo.
Mi aspiración
de fábula
no me fue concedida.

Pasé días
sin comer
tenía el cuerpo
dormido

Estaba en la necesidad.
No deseaba
otra cosa
que lo que hacía.
Sin darme cuenta,
me volví
imperturbable.
Apoyé
en mi boca
el silencio
sin pestañeo
de la estatua.










(un dìa ve pisadas en el piso, el rastro del hombre. eran sus propias pisadas)

es muerto por otro animal

La tierra
en aquel lugar
desmayaba
hasta tocar
el horizonte.

Sentí
un cosquilleo
filoso
en bulto
de mi cuerpo.
Garras
afirmaron
sus uñas
en la superficie
esquiva de
mi pelambre.
El picoteo
acertó
con mis ojos.
La piel
de mi ingle
cedió
generosa
al filo

Mientras
se disputaban
mis tripas,
vi hermosas
coreografías.
El dolor
anuló
la posibilidad
de gozar
el espectáculo
de mi muerte.
Estuvieron horas
rasquetando
quirúrgicamente

Los caranchos
pellizcaron
las últimas
fibras
de vida
engrampadas
en mi carne.
Dejaron
un blanco
prehistórico
en mis huesos.
Su dispersión
prolongó
mi muerte.
La luna
apoyó
su lengua
pálida.
Le dije
lo último
que
quise decir.

La discreción

Hace tiempo visito la casa de gente. No estilo ser ni el último ni el primero en llegar. Me manejo con cierta discreción digamos. Encuentro las puertas de la casas siempre abiertas. A veces la gente atestada en la vereda demora el ingreso. Como es costumbre aquí, se concentran en círculos para hacer girar la charla. De modo que no es posible acceder al lugar, sin interrumpir la conversación. Quien habla en general es el que sabe más. O estuvo más cerca de lo sucedido. Eso le da más derecho a la palabra, parece. Los demás escuchan atentos. A algunos la explicación los satisface. A los que no, lloran. Espero. No tengo apuro. Miro las caras. Las conocidas, y las nuevas. Soy uno más. Alzo la vista. El cielo. Quisiera recordar cómo lo veían mis ojos, cuando su misterio todavía no me había sido compartido.

Llega más gente. Algunos aguardan que los más próximos a la puerta abandonen el lugar. No es lo que sucede. Tomados por la charla, no advierten la multitud que se ha reunido alrededor suyo. En gran parte, por su actividad sedentaria. Los hay, impacientes, que vulneran la proliferación de anillos. Logran lo que parecía imposible. Acceder a la casa. Otros agurdan, por respeto.

EL hijo de un bla bla, que mató a su madre.


visita su propìa muerte,
Cuando finalmente logro llegar al cajón, advierto que está vacío. El cajón, normal de tamaño, es de una madera finísima. Oscura, casi sin vetas. No se ven por aquí. Acaricio con la mano uno de sus costados. Mi palma se desliza sin registrar arrugas en la superficie. No hay duda que es traída del Líbano. se mete adentro. prende unas velas
se guarda en el cajòn con las velas y comienza a arder. Cerré los ojos, como quien simula para los demás estar dormido.
acompañar en silencio. parece una práctica fantasma. que alentara a ausentarse.

lo que los demás sospechan de mí, amigo o pariente
no llama la atención

A quienes compartimos este oficio, nos Es curioso que nada les llame la atención en mí. A veces pienso que se deben dar cuenta. Y si no lo dicen es por la misma discreción con la que yo me manejo. Supongo que después de lo que todos sabemos.

Soy uno menos.