MANADA
En la costa de la laguna
fue la toreada/topada.
El más grande ellos
vino a encontrar
su pelea conmigo.
Rápido
circularon
los demás
una redonda
geométrica.
Al compás.
Nos cascoteamos
mordiscos
a la distancia.
Circunvalamos
los bordes
donde
precipitaba
el peligro.
Exhibía
su joyería
con la boca abierta.
De afuera
aplaudían
castañeando
los dientes.
Gané aplomo
en el suelo
y le tenté un tarascón
al cuello.
Afirmé
la tenacidad
de mis mandíbulas
en la cruz del lomo.
Su muerte
se ajustó
a mis colmillos.
Los hundí demás
para que no
zafara
hilito de vida.
Mi baba le
rezó un rosario
entero.
Alojaron
mis fosas nasales
el pis
de los compañeros.
Ya no podía
perderme.
Éramos familia.
La naturaleza
se pronunciaba
sin palabras
en mí.
Quedé dormido
a pocos pasos de la laguna,
acurrucado
como la costa
a la orilla.
La fresca de la noche
respiró
lenta,
por mí.
En el cuerpo aún latía
un cansancio
parecido a la muerte.
La noche
volvía nítida
la oscuridad.
Convencidos
descansaron
hasta
los pájaros.
Se vieron
hojas
opacar
resentidas
la insistencia
de la luz.
Chorreaba
de las ramas
de sauces
los resplandores
del día.
Tuve un sueño
que no recuerdo.
La mañana
siguiente
batió
el sol
su aleteo
avispado
en mis ojos
secos.
De mi panza
humeaba
el frío vapor
del rocío.
Chispeaba
mi pelo
el brillo
anaranjado del amanecer.
Rasqué
mi espalda
para
quitarme la picazón
del pasto.
cuero
dos centímteros de sensibilidad perdida.
El mediodía
respiraba
su fiebre
en el aire.
Busqué
Bajo la sombra
de una mora
aguardé
el llamado
de un cuervo.
Mi aspiración
de fábula
no me fue concedida.
Pasé días
sin comer
tenía el cuerpo
dormido
Estaba en la necesidad.
No deseaba
otra cosa
que lo que hacía.
Sin darme cuenta,
me volví
imperturbable.
Apoyé
en mi boca
el silencio
sin pestañeo
de la estatua.
(un dìa ve pisadas en el piso, el rastro del hombre. eran sus propias pisadas)
es muerto por otro animal
La tierra
en aquel lugar
desmayaba
hasta tocar
el horizonte.
Sentí
un cosquilleo
filoso
en bulto
de mi cuerpo.
Garras
afirmaron
sus uñas
en la superficie
esquiva de
mi pelambre.
El picoteo
acertó
con mis ojos.
La piel
de mi ingle
cedió
generosa
al filo
Mientras
se disputaban
mis tripas,
vi hermosas
coreografías.
El dolor
anuló
la posibilidad
de gozar
el espectáculo
de mi muerte.
Estuvieron horas
rasquetando
quirúrgicamente
Los caranchos
pellizcaron
las últimas
fibras
de vida
engrampadas
en mi carne.
Dejaron
un blanco
prehistórico
en mis huesos.
Su dispersión
prolongó
mi muerte.
La luna
apoyó
su lengua
pálida.
Le dije
lo último
que
quise decir.
ensayar la escritura
El cautiverio de la imagen