ensayar la escritura

El cautiverio de la imagen

Rosca

Los que estamos aquí, aguardamos ser atendidos. Las camas, sillas y bancos con los que cuenta la institución hacen de la espera algo más llevadero. Hay quienes ya olvidaron el día que ingresaron. Escuché de alguien que colaboró cuando se plantaron los cipreses del parque. Viendo su altura, que casi compite con la del edificio, es difícil imaginar que alguna vez fueron traídos aquí en macetas. Es lógico que la misma espera nos haya dividido en grupos. No existen verdaderas diferencias. Compartimos las mismas ventajas y deficiencias del edificio y la organización. Es más, la comida por ejemplo. No sólo es la misma para todos. Sino que además, se sirve en bandejas que dificultarían servirle más a uno que a otro. Pero como decía, el tiempo transcurrido amontona a las personas. Hay quienes durante la tarde se sientan en fila a lo largo de uno de los pasillos principales. Nadie tiene prohibido hacerlo también. Los que no nos sentamos en el pasillo, simplemente utilizamos a esa hora pasillos laterales. O por ejemplo, los que se distribuyen en las baldosas del patio delantero. Quien quisiera podría atravesarlo. Y estoy seguro nadie le diría nada. Pero el que lo hiciera seguramente tendría la sensación de que interrumpe algo. Aclaro que estos agrupamientos, como pudiera pensarse, no implican relaciones de amistad. Mucho menos afectivas. Es tan raro que alguien le dirija la palabra otro, como que lo escuchen. Eso no quita que

sentado en la medianera


Los del patio juegan al ajedrez. Arriba en la terraza, otros siguen la partida.

En el patio juegan al ajedrez. Desde la terraza siguen atentos la partida. Corre por los pasillos el rumor de la contienda. Uno de los dos que sueñan en camas enfrentadas, demora la próxima movida.