ensayar la escritura

El cautiverio de la imagen

La compaña

Una neblina espesa aplasta la tierra.

Leo las notas anteriores. Me cuesta reconocerme en ellas. Parecen haber sido escritas por otro. Pero ¿por quién?. Mi compañía apenas sabría escribir. Y aunque supiera, el stock de palabras disponible no superaría una carilla. En las notas no hay errores de ortografía, al menos que sean muy ostensibles. Por lo que veo las palabras tampoco varían demasiado. Advierto con cierto asombro que mis notas tienen un estilo. Aún sin proponérmelo, asoma mi voz en las repeticiones.


Día ocho del mes segundo. El tiempo acompaña, el trabajo avanza. Tenemos gasoil. Sobra comida. Hay más bidones de glifosato vacíos que llenos.
MOMENTOS

1. RESPLANDECER HASTA EN LAS PIEDRAS
ATRAER A ULISES - CANTO DE SEDUCCIÒN
ENHEBRAR EL PLAN

Borrás
el cansancio de ayer
y el sueño de hoy
con agua del mar.
Esparcís
el brillo
de mi imagen
en tu cara
sin darte cuenta.
No existe mejor
manera de persuadirte.

mi silencio
te inquieta
desorientado
y vuelve a cantar
para traerlo


los días de viaje
expanden
tu deseo
y me garantizan
la firmeza
de la costura
de mi plan.

es posible
que me haya
enamorado
de vos
sin haberte visto
todos
llenan sus bocas
con tus hazañas
guerras
bla
bla
sé que no me equivoco
cuando de vos
sólo toco de oído

creerán que soy ingenua
pero si alguien
resignó las espigas
de oro que habían
sembrado para él

si alguien decidió
desordenar
el amontonamiento
de piedras
que era su casa
si alguien dejó
en el fondo del estanque
las piedras
que arrojo
en su infancia

es porque se ama
a sí mismo
más de lo que nadie
pudiera hacerlo
yo amo ese amor
esa embriaguez
es bebida que da sed

nada ambiciono más
que quebrar
el espejo
donde se confirma
todas las mañanas
quiero compartir
ese reflejo
de grandeza.
Sólo tu amor
me justifica.

2. ASTUCIA DE ULISES - FRUSTRA EL PLAN
LA POSEE Y DESPUÈS LA ABANDONA, AGREGA MÁS ARENA TU DESIERTO

Que tus besos
me inauguren
quiero
recomenzar en tus caricias
que despejes con tus manos
la ignorancia de mi cuerpo



3. EL DESPECHO


Cantar para
-olvidar
-recordar
-venganza
-festejar

Canto
para refrescar mi odio
raspo la herida
con uñas y dientes
para deshacer
la cáscara
que finge
reparación.
Renuevo
la herida
y el dolor
sonroja
belleza.
Recorro
la cicatriz
incompleta
frustrando
una vez más
el trabajo
del tiempo.

conmigo no
tengo mentiras
no me lo puedo permitir
ser la única que no cree
en mis mentiras
no conozco otra manera
mejor de defenderme
no tengo que dejar
que descanse
el sufrimiento
y sin embargo
hay días
en los que no tengo
ni fuerza para sufrir
pero aprendí que
las heridas
para que no duelan
es mejor
dejarlas sangrando.


Cantar
me permite
y con un grito
arrancar las uñas de dolor


ese día quise dormir por resto de mi vida
que un sueño decidiera perdurar
para siempre en mí
como lo hacen los árboles
una vez que ofrecen
sus ramas adultas al viento.

La fabula del hombre

1-. Guacho
- perro, en el piso un pedazo de espejo

2. El cuervo
Conectar las alas en el techo


3. GRegorio
Samsa
escarabajo
escritorio
cama

si se llama inès

se vuelve de donde se viene

Rosca

Los que estamos aquí, aguardamos ser atendidos. Las camas, sillas y bancos con los que cuenta la institución hacen de la espera algo más llevadero. Hay quienes ya olvidaron el día que ingresaron. Escuché de alguien que colaboró cuando se plantaron los cipreses del parque. Viendo su altura, que casi compite con la del edificio, es difícil imaginar que alguna vez fueron traídos aquí en macetas. Es lógico que la misma espera nos haya dividido en grupos. No existen verdaderas diferencias. Compartimos las mismas ventajas y deficiencias del edificio y la organización. Es más, la comida por ejemplo. No sólo es la misma para todos. Sino que además, se sirve en bandejas que dificultarían servirle más a uno que a otro. Pero como decía, el tiempo transcurrido amontona a las personas. Hay quienes durante la tarde se sientan en fila a lo largo de uno de los pasillos principales. Nadie tiene prohibido hacerlo también. Los que no nos sentamos en el pasillo, simplemente utilizamos a esa hora pasillos laterales. O por ejemplo, los que se distribuyen en las baldosas del patio delantero. Quien quisiera podría atravesarlo. Y estoy seguro nadie le diría nada. Pero el que lo hiciera seguramente tendría la sensación de que interrumpe algo. Aclaro que estos agrupamientos, como pudiera pensarse, no implican relaciones de amistad. Mucho menos afectivas. Es tan raro que alguien le dirija la palabra otro, como que lo escuchen. Eso no quita que

sentado en la medianera


Los del patio juegan al ajedrez. Arriba en la terraza, otros siguen la partida.

En el patio juegan al ajedrez. Desde la terraza siguen atentos la partida. Corre por los pasillos el rumor de la contienda. Uno de los dos que sueñan en camas enfrentadas, demora la próxima movida.

fui animal

MANADA


En la costa de la laguna
fue la toreada/topada.
El más grande ellos
vino a encontrar
su pelea conmigo.
Rápido
circularon
los demás
una redonda
geométrica.
Al compás.

Nos cascoteamos
mordiscos
a la distancia.
Circunvalamos
los bordes
donde
precipitaba
el peligro.
Exhibía
su joyería
con la boca abierta.
De afuera
aplaudían
castañeando
los dientes.
Gané aplomo
en el suelo
y le tenté un tarascón
al cuello.



Afirmé
la tenacidad
de mis mandíbulas
en la cruz del lomo.
Su muerte
se ajustó
a mis colmillos.
Los hundí demás
para que no
zafara
hilito de vida.
Mi baba le
rezó un rosario
entero.





Alojaron
mis fosas nasales
el pis
de los compañeros.
Ya no podía
perderme.
Éramos familia.




La naturaleza
se pronunciaba
sin palabras
en mí.



Quedé dormido
a pocos pasos de la laguna,
acurrucado
como la costa
a la orilla.

La fresca de la noche
respiró
lenta,
por mí.

En el cuerpo aún latía
un cansancio
parecido a la muerte.

La noche
volvía nítida
la oscuridad.
Convencidos
descansaron
hasta
los pájaros.
Se vieron
hojas
opacar
resentidas
la insistencia
de la luz.
Chorreaba
de las ramas
de sauces
los resplandores
del día.

Tuve un sueño
que no recuerdo.

La mañana
siguiente
batió
el sol
su aleteo
avispado
en mis ojos
secos.
De mi panza
humeaba
el frío vapor
del rocío.
Chispeaba
mi pelo
el brillo
anaranjado del amanecer.

Rasqué
mi espalda
para
quitarme la picazón
del pasto.
cuero
dos centímteros de sensibilidad perdida.






El mediodía
respiraba
su fiebre
en el aire.
Busqué

Bajo la sombra
de una mora
aguardé
el llamado
de un cuervo.
Mi aspiración
de fábula
no me fue concedida.

Pasé días
sin comer
tenía el cuerpo
dormido

Estaba en la necesidad.
No deseaba
otra cosa
que lo que hacía.
Sin darme cuenta,
me volví
imperturbable.
Apoyé
en mi boca
el silencio
sin pestañeo
de la estatua.










(un dìa ve pisadas en el piso, el rastro del hombre. eran sus propias pisadas)

es muerto por otro animal

La tierra
en aquel lugar
desmayaba
hasta tocar
el horizonte.

Sentí
un cosquilleo
filoso
en bulto
de mi cuerpo.
Garras
afirmaron
sus uñas
en la superficie
esquiva de
mi pelambre.
El picoteo
acertó
con mis ojos.
La piel
de mi ingle
cedió
generosa
al filo

Mientras
se disputaban
mis tripas,
vi hermosas
coreografías.
El dolor
anuló
la posibilidad
de gozar
el espectáculo
de mi muerte.
Estuvieron horas
rasquetando
quirúrgicamente

Los caranchos
pellizcaron
las últimas
fibras
de vida
engrampadas
en mi carne.
Dejaron
un blanco
prehistórico
en mis huesos.
Su dispersión
prolongó
mi muerte.
La luna
apoyó
su lengua
pálida.
Le dije
lo último
que
quise decir.

La discreción

Hace tiempo visito la casa de gente. No estilo ser ni el último ni el primero en llegar. Me manejo con cierta discreción digamos. Encuentro las puertas de la casas siempre abiertas. A veces la gente atestada en la vereda demora el ingreso. Como es costumbre aquí, se concentran en círculos para hacer girar la charla. De modo que no es posible acceder al lugar, sin interrumpir la conversación. Quien habla en general es el que sabe más. O estuvo más cerca de lo sucedido. Eso le da más derecho a la palabra, parece. Los demás escuchan atentos. A algunos la explicación los satisface. A los que no, lloran. Espero. No tengo apuro. Miro las caras. Las conocidas, y las nuevas. Soy uno más. Alzo la vista. El cielo. Quisiera recordar cómo lo veían mis ojos, cuando su misterio todavía no me había sido compartido.

Llega más gente. Algunos aguardan que los más próximos a la puerta abandonen el lugar. No es lo que sucede. Tomados por la charla, no advierten la multitud que se ha reunido alrededor suyo. En gran parte, por su actividad sedentaria. Los hay, impacientes, que vulneran la proliferación de anillos. Logran lo que parecía imposible. Acceder a la casa. Otros agurdan, por respeto.

EL hijo de un bla bla, que mató a su madre.


visita su propìa muerte,
Cuando finalmente logro llegar al cajón, advierto que está vacío. El cajón, normal de tamaño, es de una madera finísima. Oscura, casi sin vetas. No se ven por aquí. Acaricio con la mano uno de sus costados. Mi palma se desliza sin registrar arrugas en la superficie. No hay duda que es traída del Líbano. se mete adentro. prende unas velas
se guarda en el cajòn con las velas y comienza a arder. Cerré los ojos, como quien simula para los demás estar dormido.
acompañar en silencio. parece una práctica fantasma. que alentara a ausentarse.

lo que los demás sospechan de mí, amigo o pariente
no llama la atención

A quienes compartimos este oficio, nos Es curioso que nada les llame la atención en mí. A veces pienso que se deben dar cuenta. Y si no lo dicen es por la misma discreción con la que yo me manejo. Supongo que después de lo que todos sabemos.

Soy uno menos.

Enfermera

Primer momento
La ignorancia que se ignoraba a sí misma

Hay quienes les resulta incomprensible que un médico fume. Es posible que vean allí una elección deliberada de la muerte. Y en ellos, por saber el daño que produce el cigarrillo, eso resulta imperdonable. Algo de razón tienen. Supongo, porque no es del todo lógico que uno deposite su vida, en las mismas manos de alguien que suele tener durante el día entre sus dedos ese utensillo mortal. Es paradójico. Un hombre que se dedica a salvar la vida de los demás, al mismo tiempo, se administra sistemáticamente la muerte. No es porque yo sea enfermera que el hábito me resulte más o menos admisible. Pero viendolos fumar, después de una operación, pareciera que recuperaran su humanidad. Más, después de tantas horas de tensión y precisión quirúrgica. Infinitas veces, he visto la vida de pacientes, pasearse frágil entre las manos del equipo médico. Finalizada la intervención, es costumbre salir a fumar. La mayoría de los hospitales han habilitado pequeños jardines. En cuyos costados ubican largas barras con arena. Son tantas las colillas de cigarrillos hundidas verticales en la arena, que no hay quien no haya bromeado alguna vez con la imagen de los cementerios. En familia, yo era la excepción. Fumaba como el resto de los médicos, pero en mi caso, por ansiosa.

Un día, el hospital en que trabajaba, quiso intervenir en esta práctica tan difundida. Los médicos debían dar el ejemplo. Si eran trabajadores de la salud, debían exhibir también cuerpos saludables. Para algunos fue imposible adaptarse al cambio. Resolvieron abandonar las comodidades de los hospitales privados, por las flexibilidad de los controles en los establecimientos públicos. Otros en cambio, aceptaron tomar las charlas y actividades para dejar de fumar, que el propio hospital costeaba. Las charlas eran por supuesto aburridas. Quienes pretendían ilustrar a los médicos los daños del cigarrillo, sabían menos que ellos. Las preguntas de los asistentes al taller eran casi todas malintencionadas. Buscaban mostrar las lagunas de los pobres instructores. Pero, a pesar de ello, los índices de deserción del cigarrillo eran altísimos. Después de lo que todos sabemos, el miedo a perder el trabajo volvía cualquier método eficaz. En las paredes de los ascensores, habían pegado afiches. En los cuales había gráficos con barras que ilustraban la ascendente victoria en la lucha contra el hábito. En la parte final del combate, la estrategia se focalizó en algunos casos. Había carteles que indicaban los nombres de quiénes persistían con el cigarrillo. Supongo que por verguenza terminaron dejando. Los que no pudieron acoplarse a la nueva política del hospital, dejaron de venir de un día para el otro. Suponemos que fueron echados. Una mañana al abrirse las puertas del ascensor, quienes ibamos a subir, nos encontramos con un enorme cartel. Ocupaba tres paredes del amplio cubículo. La frase decía: le ganamos al cigarrillo. Nadie dijo nada, pero no hubo un rostro en el que no brilló la derrota. Esto viene a cuento de que en aquel entonces, comencé con las clases de gimnasia aeróbica. O aerobics, a secas, como decía en el folleto.


Segundo momento
La creencia organiza rituales

Hablé de la relación paradíjoca que tienen los médicos con la muerte de los demás y la suya propia. En el caso del Maestro, la relación era inversa. Él parecía administrar la muerte a los demás, para postergar la suya.
Siempre me ha sorprendido la predisposición natural de la gente a dar su vida por algo. La mayoría de las veces por cosas de lo más estúpidas. Yo misma sin ir más lejos. Ser enfermera no se trata sino de eso. Pero me refiero a aquellos en los que esto no aparece tan claro. Cuántas oficinistas y empleados terminan por entregar
Y no es difícil oír en sus quejas por la precariedad de sus condiciones laborales, cierta modalidad de goce. Cada vez estoy más convencida de que en su resignación, hay también, cómo llamarlo. Una experiencia de placer. De la que pareciera no pueden sustraerse. Era un rasgo común a casi todas las integrantes del grupo. Combinaban interminables jornadas laborales con dietas militares y horas semanales consagradas al cuidado del cuerpo. Una sentía que las clases

Solía suceder, que la fé o el amor al Maestro -en esa época ya era difícil distinguir- menguaba. Distraídos por pensamientos propios, la creencia se apartaba. Esas interrupciones eran perjudiciales. Se veía en cierto desapego o desgano con la cual se realizaban los rituales. El Maestro estaba muy atento a esos detalles. No llenar correctamente la copa que utilizabamos en la ceremonia, por ejemplo. Podía ser el menor decsuido. Pero el Maestro comprobaba allí el ejercicio del mal. El mal era para nosotros la desintegración. Si el amor era la unión, todo aquello que tendía a distanciarnos era peligroso. Por lo mismo que habíamos decidido vivir todos juntos. Si bien era un modo de evitar las distracciones dle mundo, era también para muchas, un resguardo contra los problemas hacía tiempo nos aguardaba en nuestras respectivas casas. En la tienda, así la llamábamos, se vivía una paz y armonía casi absolutas. En cierto sentido, aquella casa era una tienda. Transformamos la pequeña habitación que daba a la calle, en un local. Vendíamos allí inciencos que nosotras mismas fabricábamos. Almohadones, que importábamos gracias a un contacto que tenía una en la Aduana. Piezas de la India como elefantes, budas de todos los tamaños y algunas prendas holgadas para practicar yoga. Si bien hacíamos algo de dinero, la suma no alcanzaba para pagar los gastos de la casa. Éramos entre ocho y siete sin contar al Maestro. Y algunas al incorporarse a grupo habían abandonado también sus trabajos. Ese sacrificio o entrega, les otorgaba algunos privilegios. Podían pasar más tiempo cerca del Maestro. Acompañarlo durante sus interminables sesiones de meditación. Y en las ceremonias se les reservaba ciertos privilegios. En mi caso, el Maestro había resuelto que continuara con mi actividad. El grupo precisaba de dinero, y sobretodo, del recetario y mis beneficios en los medicamentos.

Era habitual que el Maestro eligiera alguna de nosotras para pasar la noche. La elección solía ser muy discreta. Tanto que a veces bastaba con una simple mirada para comprender su llamado. Podía suceder que repitiera, alguna, durante varias noches. Eso no estaba bien visto por las demás. Traía problemas que de alguna manera estaban relacionados con esa sospecha de favoritismo. No sé si se trataba de celos. Pero hacía peligrar uno de los pilares del grupo que era la igualdad. En un momento, que ya no recuerdo, varias mujeres aparecieron a la mañana siguiente con heridas estimables. Digo estimables, en el sentido de que creí -como enfermera- que debían ser atendidas. Es curioso que ante esas lastimaduras de fuego y moretones, sólo veía una zona donde aplicar los conocimientos de mi oficio. Jamás atendí a los niveles de crueldad y violencia que los debían haber provocado. La rotación de la compañía nocturna al Maestro, permitió que en apenas un mes se distribuyera equitativamente heridas, cortes y lastimaduras a todas por igual. Las primeras en haber recibido las palizas, exhibían no sin cierto orgullo las marcas. Fueron muy rápidamente interpretadas como el acceso a privilegios. O algo que para el Maestro las diferenciaba del resto. Tal era así, que las últimas en recibir la paliza aguardábamos ansiosas aquel momento. De algún modo que no sabría explicar, durante la época de las palizas el lazo se había estrechado. La creencia florecía de todas partes. Nos dedicábamos enteramente al otro. EL amor apenas cabía en nuestro pechos. Era como si la violencia hubiera logrado traer de nuevo a nuestro cuerpos la positividad de la enegría. En aquel momento, creo que ninguna sospechaba que nuestra creencia podía algún día agotarse.
Tercer momento
La disolución del lazo
Un día, no recuerdo qué hora de la madrugada, fui despertada por el Maestro. Ví algo que jamás había visto en su rostro: temor. Me levantó de un tirón de la cama y me arrastró hasta su habitación. No sé si las demás chicas oyeron algo. Cuando ingresé en la habitación, una de las más jóvenes yacía en el piso. Advertí que en las cuatro paredes había trazos de sangre fresca. SE parecía a esos estallidos de pintura que suelen ser caracterizar a lso cuadros contemporáneos. En el hospital que trabajo, hay uno en cada sala de espera. Me acerqué a la joven. No recuerdo su verdadero nombre, creo que en su nueva vida había sido bautizada Sari. Le dije algo al oído mientras le tomaba el pulso. Apenas respiraba. Y lo hacía con dificultad. Coágulos de sangre burbujeaban en su nariz en cada exhalación. El espectáculo era aterrador. Vi al Maestro desesperado acercandose al cuerpo de la joven. Le pedía disculpas. Después oí que la maldecía y pretendía seguir golpeándola. Le advertí que si continuaba con las piñas terminaría de matarla. Se calmó. Sari apenas si tenía fuerza respirar. Si corazón latía, como decimos los médicos, de memoria. Hablé con el hospital, directamente con la ambulancia. En cinco minutos estuvo en la puerta de la tienda. Mientras tanto, até con toallas los tajos que fui decsubriendo después de limpiar el enchastre de sangre. Apliqué torniquetes en brazos y piernas. En el parlante del equipo de música del Maestro sonaban unos tambores a todo volumen. Le pedí que tuviera a bien apagarlos. No íbamos a oír el timbre de la ambulancia. Se negó a hacerlo, temía que se despertaran las demás chicas. Cuando llegó el equipo médico Sari fue llevada de urgencia al hospital. Su vida la acompañó hasta las puertas de la sala quirúrgica. Mis amigos médicos se portaron de maravilla. No hubo ningñun inconveniente con la partida de defunciòn y esos papeles. El Maestro agradeció siempre mi ayuda aquella noche. Mi silencio posterior garantizaba un vínculo especial.

Mi primer mentira. Me hice la enferma.

El Maestro solía mostrar utilizar en sus discursos la figura del caballo. Para el Islam los caballos son seres sagrados.
EL tipo tenìa un caballo árabe en el palermo

Terminan matándo al Maestro. Cortándolo todo.
arena en la vereda, habìa que mojarña daba aire d epueblo

Después de lo que todos sabemos

Quedaba tan cerca que en realidad, lo raro, era que no viniera más gente. No recuerdo la primera vez que lo visité. Mejor dicho que tropecé con ese lugar. Antes de conocerlo me hubiera sido imposible imaginar. Visitar, lo que se dice visitar, fue lo que hice después de esa primera vez. Casi religiosamente volvía todos los días.

Era así. Primero sentía una serie de vibraciones suaves, ondulantes. Después el ritmo ganaba en latidos externos de un corazón que por supuesto no era el mío. Esa especie de estampida de indios, digamos, crecía hasta montar su galope en mis oídos. Mis tímpanos se nublaban, como si me hubiera entrado agua. Y un zumbido mudo se instalaba en la parte superior de mi cabeza. El estribillo que se repetía era el sonido de una doble erre ininterrumpida. Sentía una especie de mareo o ganas de vomitar. Seguramente la debilidad de mis piernas colaboraba. Era lógico que flaquearan en la embestida. Aún cuando estuviera sentado o acostado.

La erre podía durar varios minutos. La variación más notable era el ascenso del volumen. Sentía un grupo electrógeno de hospital encendido en mi cabeza. Pero más temprano que tarde, el torbellino se transformaban en un espaciado rebote. Lo más parecido a un chico que empieza a jugar al basquet. Afortunadamente el ruido desmayaba en el lento y acompasado vagar de olas. Yo estaba completamente seco, pero convencido de haber sido bañado en algo. Y con la certeza de que lo tenía incrustado. (porque es un crustáceo jaja)

El temor que me perseguía era que por algún motivo el lugar hubiera desaparecido. Y no era poco probable. Que una ordenanza municipal por ejemplo. Decidiera que ese terreno, así, era un desperdicio. Y que una comunidad tan pequeña como la nuestra. Tan alejada de donde pasan las decisiones que empujan el destino del mundo. Se diera el lujo de no hacer rendir económicamente esas hectáreas. Y aún cuando no hubiera dinero. Siempre algún inversionista extranjero estaría dispuesto a hacer más dinero.

Aquel día, creo de otoño, bajé equivocadamente del colectivo. Por ignorancia o ansiedad, tal vez ambas, bajé en la parada anterior. A esa altura bien podría haber sido la posterior. Eso lo supe después. Mi desconocimiento del lugar entonces volvía ambas direcciones: igual de posibles, igual de ciertas. Caminaba apurado como si fuera hacia la primera clase de algo. Y me he comprobado que lo único que se exige en una primera clase es puntualidad. Es el primer acuerdo. Y hasta a veces, una promesa cumplida. Habrá aprendizaje. Apuré aún más el paso. Me hubiera gustado correr.

Desde el colectivo, había visto cómo paulatinamente, a medida que uno se alejaba del centro de la ciudad y se acercaba a la periferia, las cuadras iban abandonando la rigurosidad de su definición. A veces los cien metros se prolongaban en kilómetros. El recorrido del colectivo era poco original. Repetía con menos sinuosidad el trazado de la costa. A veces en algunas esquinas asomaba el mar. Era divertido pensar que había quienes vivían entre una calle y el mar. Ya viajábamos por aquella zona donde la periodicidad de las calles que cortaban la principal se volvía más caprichosa. Cuando toqué el timbre para avisarle al conductor que bajaba en la próxima parada, éste detuvo inmediatamente el colectivo. Se abrió la puerta y descendí. No había ningún poste que indicara que había allí una parada. Ya en marcha recordé el rostro del conductor. Después de lo que todos sabemos, el espacio de los choferes había sido cercado por pequeños cubículos. En realidad eran dos planchas de vidrio grueso. Quizás blindado. Lo que daba la impresión de que estuvieran en una pecera. MI madre decía que es increíble como cuando se separa algo de lo público enseguida eso se rodea de algo espectacular. Y es cierto, había algo teatral en esa escena. Contaba que había algo de desorientación en la imagen que me había devuelto del chofer el espejo retrovisor. Como a esa altura del viaje era el único pasajero, al descender, dejaba el colectivo vacío. Creo que algo de eso había afectado al conductor. Y a pesar de que quizás hubiera querido ocultarlo, en su rostro era evidente. Aunque no supiera nombrarlo, algo de viajar con el colectivo vacío lo volvía injustificado. A él, a su trabajo. Y todos los asientos del coche vacíos, volvían esto insoportablemente evidente. Es decir que si había frenado de inmediato, lo había hecho por bronca. Mi decisión de descender lo introducían en el viaje por delante al dominio de lo injustificado. Mientras caminaba, sospeché que a modo de venganza a la vuelta cuando lo aguardara en la parada no detendría la unidad. Pero afortunadamente me equivoqué.

De afuera parecía un parque de diversiones. Nunca estuve en uno, pero estoy seguro de que deben ser así. Más grandes quizás, pero así de exhuberantes. Hacía acordar al despilfarro de naturaleza los días después del big bang. Eran inagotables las formas de plástico y caño retorcidos. Enormes tubos -como piernas- bajaban agresivamente veinte metros de altura y encastraban en recipientes que sospeché vacíos. Otros, por su trayectoria horizontal más pareja y prolongada debían ser de traslación. Muchas piezas en su superficie chorreaban el metal ahora seco de la soldadura. Había grandes cisternas que aboyados por el viento sugerían órganos del cuerpo. Advertí que todas las estructuras se incrustaban en una especie de techo o caparazón. De chapa, seguramente.

Es cierto que su tamaño es lo que en un primer momento triunfaba en la percepción. Pero al rato, lo más llamativo y asombroso era el riesgo formal de esas arquitecturas. Su agresividad con el espacio. No sé me ocurre otra manera mejor de nombrarlo. Sin duda el óxido también les daba un aire de época. Como si ese espacio estuviera fuera o al margen del tiempo. Como si hubiera pertenecido a una edad prehistórica. Pero de la que inexplicablemente tenemos recuerdo de haber visto alguna vez. Creo que lo que las mantenía vigentes era la perseverancia en ese gesto agresivo. El tiempo evitaba el filo de sus lados.


En la entrada del lugar unas puertas de reja entorpecían el paso. Pasé con holgura por la panza de la curva entre dos rejas. Un tejido de alambre rodeaba todo el perímetro de la construcción. En inspecciones posteriores comprobé que en muchas partes el tejido estaba roto. Lo que le daba un carácter más ridículo a las rejas de la entrada. Creo que a otros este lugar les hubiera parecido obsoleto. Hasta innecesario. El viaje y cierta prisa no sé de qué habían alojado en mi vientre la urgencia inconfundible de un pis. La postergación de la caminata no había sido exitosa. Sentí agudas puntadas en la panza. Con precisión quirúrgica había pinzas que tironeaban en mi vegija. Orinar era una actividad que sólo hacía en soledad. Por eso siempre evitaba la intemperie. Aclaro, por lo inabarcable. La inmensidad permite alojar miradas curiosas que se ocultan de la nuestra. Y la sospecha de una, alcanza para frustrar la soledad imprescindible. No dije que vivo con mi madre.
En casa el baño al ser tan pequeño permite controlar la privacidad que reclama orinar. Hace un tiempo me di cuenta que si pongo la radio con un volumen elevado antes de ir al baño, orinar me da más placer. ES una práctica que hago aún cuando mi madre no está.

Las horas que pasa en casa son cada vez menos. Y eso, no implica necesariamente más trabajo. Recuerdo que al principio podía trabajar en casa. Pero, después de lo que todos sabemos, la gente decidió no abandonar sus casas. De a poco las visitas de los clientes fijos comenzaron a menguar su asiduidad. Demasiado riego, decían para consolar a mi madre. Hasta entonces ser atendidos por mi madre era riesgoso. Y es indudable que esa cuota de peligrosidad era constitutiva de esa experiencia de placer. Pero ya después el riesgo no era algo medible. O al menos, sus límites habían dejado de ser claros. Y ellos no se querían exponer. Entonces mi madre resolvió ofrecer sus servicios a domicilio. Si el trabajo no toca la puerta de tu casa, deberás salir a buscarlo. O algo así.

Por el mismo motivo que mi madre debía irse de casa, yo debía quedarme. Se decía que había quienes aprovechaban las horas de jornada laboral para ocupar las casas. Al regresar, se encontraban con que su llave había olvidado cómo abrir la puerta. Si tenían suerte los usurpadores habían dejado las pertenencias del otro lado de la puerta. Lo que volvía menos tolerable la injusticia indiscutible de la ocupación. Ese gesto de generosidad negaba la atrocidad. O al menos introducia ambiguedad donde no era admisible. A veces cuando mi madre regresaba a casa, durante la cena, me contaba quién había sido desalojado. Al principio se vieron encarnizadas peleas en cada cuadra. Hubo muertes de las que nadie se sintió culpable. Sobre sangre seca, se derramó sangre fresca. La mayoría había recordado que era capaz de matar. Y no sólo estaba dispuesto a hacerlo. Sino que después de haberse inciciado, guardaban cierta fascinación con el nuevo chiche que era para algunos matar. Pero al cabo de un tiempo la violencia disminuyó notablemente. Creo que no somos un pueblo lo suficientemente sanguinario. Cuando nuestra casa vecina fue ocupada, oí que sus dueños le agradecían a los usurpadores haberles dejado los muebles afuera. Agradecido.

Recorrí el terreno para verificar mi soledad.


Una sola vez en mi vida fui a la playa. En realidad, fuimos. Mis padres y yo. Recuerdo que acostados en la arena, sentí una molestia en la espalda. La molestia se desplazó algunos centímetros por mi espalda. Al moverme para acomodar -lo que suponía una piedrita- en alguna concavidad de mi espalda, la molestia cesaba. Así un rato. Hasta que del lugar en que estaba la molestica, recibí un pellizco punzante. Me incorporó mi propio alarido. Debajo de la toalla, casi del mismo color de la arena, descubrí al culpable. Un bicho parecido a una araña pero con el tronco levemente incorporado me desafiaba con la mirada. El sol hacía brillar las pinza que exhibía en cada mano. Estaba quieto, y en lo que supuse, posición de ataque. Quizás mis movimientos de espalda habían sido interpretados por una invitación a pelear. Y sin embargo, lejos de una insinuación guerrera, mis movimientos de espalda sólo habían sido intentos de acoplarme mejor a la naturaleza de la playa. El cangrejo se desplazó lateralmente unos centímetros. SU andar le permitía mantener no abandonar la guardia. Recuerdo que mi madre hizo un chiste. Quizás para calmarme. Dijo que peor hubiera sido que se me metiera adentro por el culo. Desde aquella vez, guardo una inexplicable fascinación por los cangrejos.

camina de costado,
el cangrejo

para volver sentía el ruido del motor.
las aceleraciones y los accidentes dle camino se repiten
se puede tener memoria de eso también.


Durante la etapa de crecimiento, mi cuerpo se dio demasiadas libertades.
Creo que nada produce tanta satisfacción en este mundo, como cuando aquel cuerpo adulto que deseábamos de hermanos, primos, incluso el de nuestros padres, se empieza a desarrollar en el nuestro.
Uno siente en carne propia el trabajo de la especie. Las zapatillas chicas son una victoria irrefutable. Tener que comprar o conseguir ropa prestada de adultos es una confirmación de un proceso que no queremos que se detenga jamás.
Hubo un momento en el que yo sí quise que se detuviera. Pero del mismo modo en que el cambio había comenzado sin avisarme, luego tampoco iba a consultar su detención. Al principio, mi cuerpo había aumentado en tamaño y peso correctamente. Veía en la mirada tanto de mi madre como sus amigas, que mis músculos se moldeaban a la forma del hombre que era el objeto de su deseo. Mi ignorancia acerca de ello les permitía conservar la licencia de acariciarme. De mis brazos y pecho aparecieron músculos que jamás había sospechado. Hasta mis piernas tenían entonces un tamaño y aspecto absolutamente normal. Un poco chuecas, es cierto. Pero nada que sugiriera otra cosa o permitiera sospechar algún tipo de deformidad física. Mi madre se reprochará siempre no haber intervenido a tiempo. Creo que si no lo hizo, fue justamente porque nada sugería otra cosa que permitiera sospechar algún tipo de deformidad física. Progresivamente mis pies fueron abandonando la paralela que es normal tengan. El ángulo de la cuña de ambos pies era cada vez más notorio. Desde un punto de vista geométrico, que fue el que eligió el médico para explicarle a mi madre, que el avance es agudo. Lo que sucedía podía describirse como la tendencia de lso ángulos a devenir más agudos. Nunca pensé que mis pies pudieran llegar a torcerse de modo que se tocaran las puntas. Para que ello fuera posible, mis piernas habían colaborado. Es decir, habían girado a la altura de la cadera para quedar literalmente enfrentadas. Las técnicas que ofertaban los médicos se mostraron todas inoperantes. Mi caso, así nombraban los uniformes blancos el tema de mis piernas, no tenía solución. Visitamos muchos, de nuestra ciudad y de otras. Médico al que llegabamos, se entusiasmaba con el fracaso de sus colegas ante mi desgracia. Cuando perdía la esperanza, y no tardaba en suceder, preferían tenerme lo más lejos posible. Me derivaban. Y así estuvimos con mi madre, derivando hasta que nuestro dinero se secó completamente. Nuestras lágrimas también habían secado. Comprobamos que los médicos para conservar el orgullo y prestigio pierden rápido la esperanza. Y que nosotros no podíamos darnos el lujo de perderla. Entonces a mi madre o a la deseperación que la habitaba, se le ocurrieron una serie de técnicas caseras. Eran diferentes y los elementos involucrados variaban, pero estaban alentadas por la misma idea. La sospecha era que si mis piernas se retorcían para el mismo lado, la fuerza que operaba sobre ellas era la misma. Entonces lo que se debía hacer, era operar sobre esa fuerza pero en sentido contario.

Los procedimientos parecían más métodos de tortura que de sanación. Ante el fracaso de sus técnicas, mi madre comenzó a subjetivar mi problema. Me pedía una colaboración que era imposible. La fuerza que retorcía mis piernas no parecía provenir de mi cuerpo. Y sin embargo ella comenzó a afirmar que el retorcimiento era producto de mi empecinamiento. Sus hipótesis psicológicas tampoco permitían arrimar claridad. Ni yo pretendía no caminar para estar siempre cerca suyo. Ni tampoco había elegido a mi padre. Creo que era el modo de arreglárselas con su decepción. Sé que mucho tiempo me odió. Y sé también que si yo comencé a participar en el fracaso de sus métodos, fue para repartir la responsabilidad de la tristeza. Ella corroboraba sus tontas hipótesis, y yo la veía más tiempo del día feliz. Entendí que las prendas de adultez con que el desarrollo viste a los niños, son desparejas. En mi caso, hasta injustas.

Supongo que por pasar tantas horas dentro de casa, adquirí el hábito de pensar. Es decir, la actividad inmóvil de volver una y otra vez sobre lo que pienso. A veces mi única actividad durante el día es ésa, pensar. Es extraño, pero cansa. A veces más que tener que hacer mandados una mañana entera. Hubo una época, cuando la única preocupación eran las usurpaciones, en la que mi madre me sugirió que hablara si escuchaba algún ruido en la puerta. Y en varias oportunidades pasó. Pisadas que se detenían frente a nuestra casa. Y se quedaban allí unos instantes sin llamar a la puerta ni hablar. Entonces comenzaba la charla. Pero debía hacerlo por mí y por alguien más. Un diálogo conmigo mismo pero con voces distintas. Creo que la segunda voz no era precisamente creativa. Pero su ocurrencia fue espontánea. Por evitar un estornudo me tapé la nariz y continué hablando. Mi voz se volvió más apagada y por supuesto más nasal. De modo que sugería que alguien hablaba desde el fondo de la casa. Y que esa voz resfriada pertenecía a una persona mayor. Con la práctica fui perfeccionando tanto la fluidez de los cambios de voz como el contenido de los diálogos. Me dio confianza advertir que mi técnica disipaba las intenciones de los ocupas. Es más, un día me atreví a reprsentar una escena, literalmente. Había algo en disputa, no recuerdo bien qué. La cuestión es que después de gritarse un rato, una de las voces quebraba en llanto. La otra seguía con los alaridos. Así fue que mi madre, que estaba del otro lado de la puerta y no encontraba la llave se quedó escuchando hasta el final. Cuando entró, me debe haber visto con el rostro empapado en lágrimas y en mi boca hablando la voz que había gritado pidiéndome disculpas. Mi madre dijo que ya no era necesario. Y desde entonces me prohibió este ejercicio. Lo que no implica que haya dejado de hacerlo adentro de mi cabeza. Pensar se parece mucho a eso.

Una noche tuve un sueño. Horrible. Estaba en el tinglado al que voy diariamente. Pero la diferencia era que lo visitaba de noche. Para mi asombro los caños, chapas y cisternas que durante el día lucían un óxido más o menos parejo, en el sueño estaban iridescentes. De su superficie brillaban colores fosforescentes. Y rebotaban entre ellos esos fogonazos de luz. Hacían acordar a esas estrellitas que los chicos pegan en el techo de sus habitaciones. Y que cuando el cuarto queda en oscuridad, asoman su débil tintineo. Lo que era llamativo era el material de las estructuras. Juro que se veían iguales a huesos. De una ballena, o algún animal marino que ni los libros de biología sospechan. El techo del tinglado era sin duda su caparazón. Y los tubos sus largas piernas. Caminé debajo de él, con miedo a que me aplastara. Cuando llegué al mar pude verlo de frente. Es un modo de decir, porque ver un cangrejo de frente es en realidad verlo de costado. Enfrenta la realidad lateralmente. Era clarísimo, los dos faroles que había visto siempre apagados eran sus ojos. Y estaban encendidos. Por ello, supongo, había un ejército interminable de cangrejos que abandonaban el mar y se dirigían al tinglado. Enceguecidos por esos ojos de cuarzo se introducían en una cámara situada en la panza del cangrejo. Seguí su dirección. Mi ganó la curiosidad de saber que había en la oscuridad en la que todos decidían hundirse. Y por otra parte, para no estorbar el movimiento orquestado de ese batallón.


Mi realidad pasaba de costado. Lateral, digamos. Y como el cangrejo, estaba incrustado en una estructura que parecía no ser la mía.