Un día el Filósofo decidió abandonar la Academia, abdicar como un rey de sus títulos nobiliarios y renunciar al modesto sueldo de empleado estatal. Si bien era quizás la decisión más radical que en su vida jamás había tomado, ese día a la tarde frente al Decano la ofreció como quien da un vuelto. EL vuelto era en este caso, entregar su cargo a otro Docente. El motivo que ofreció fue, digamos, oscuro o demasiado simple. Cuando muchos años atrás, veinte, el Filósofo había aceptado incorporarse al Cuerpo Docente de la Casa de Estudios, lo había hecho bajo el modo de una promesa o juramento. Él debería iluminar a los alumnos. Su función sería esclarecer esas conciencias, curarlas de su ignorancia, despejar sus ingenuidades. Entre otras cosas. Sin embargo, últimamente había comprendido que cada vez su Enseñanza lo llevaba hacia el camino contario. A partir de algùn moomento, había empezado a oscurecer su Palabra. A volverla cada vez más intrincada, agregarle más recovecos ya adornos. Su Enseñanza, como le dijo aquella tarde al Decano, más que un camino al encuentro del saber, era un verdadero camino a su Extravío. Y si algo de eso era cierto, el Filósofo debía aceptar la pérdida. Que en este caso era la de su puesto. El Decano después de escucharlo, comprendió que no había venido a pedirle una respuesta. Había venido para algo mucho peor, alojarle una pregunta. Y eso para alguien soberbio como él, solucionaba las cosas. Aceptó la renuncia sin más, y dijo sin entusiasmo una frase que daba por concluído el trámite. Las puertas de esta Casa estarán siempre abiertas para que vuelva. Bajando las escaleras, el Filósofo supo que de allí en más todas las puertas que se abrieran serían para irse.
Sólo se puede ser torpe al pretender hablar del pensamiento del Filósofo. Porque como se dijo, él estaba en el pensamiento. Y de ese modo había modificado esencialmente la experiencia de pensar. La había extendido o replegado de tal modo que no se podía distinguir de lo que él era. La dificultad es que no podemos servir de las palabras que para otros suelen dar cuenta de la experiencia del pensamiento. Concepto o idea, por ejemplo. Se daban de un modo tan particular en el Filósofo. Y sin embargo no hay otra palabra para referirse a ellas. Digamos que había fisiologizado las Ideas, y de algún modo el andar de ellas era su metabolismo. Hablaba de pensar como una actividad aeróbica, y del modo en que debía fisicarse la matafísica. Hablaba mucho de imantaciones. Imantaciones. Cuando se le aparecía una palabra que por algun motivo se separaba de la madeja, del murmullo incesante que era el resto, las demás venían a rodearla. La circunbalaban y hacían crecer el torbellino. Y así alguna de esas palabras que participaba del remolineo, ganaba protagonismo y arrastraba el enrosque a otra parte.
Como le confesó alguna vez a un Discípulo, el Filósofo no podía parar. Lo asustaba estar cada vez más inmerso en la Comprensión. Estaba comprendido por su pensamiento. Todo lo que aparecía ingresaba en ese incesante movimiento. Y a medida que estaba más implicado en él, era cada vez más veloz. Tan era así, que sentía que ya confundía lo sensible de l. Rozaba casi el momento de aparecer del fenómeno. Entre los Discípulos sostenían que la actividad de su pensamiento había logrado inteligizar lo sensible, o lo que era lo mismo, sensibilizar lo inteligible. A ese movimiento, que no era distinto a sus demás actividades cotidianas como respirar, comer, ir al baño, era lo que entendía por Concepto.
Leerlo era oírlo respirar. Por eso el último tiempo, en la etapa en que los Discípulos convinieron en llamar del soplo, ellos sospechaban que sus soplidos eran el eco de alguna palabra. Para que una historia se cuente, sólo hace falta alguien que sospeche de ella. El trabajo de rastrearla era casi imposible, pero no por ello menos placentero.
Por ello su sintaxis era tan especial. Sus puntuaciones iban arriando su decir, casi no había cortes. Se expandía y replegaba. No tenía comienzo ni fin, estaba empezada y había que acoplarse a ella para empezar a entenderlo.
Decía que el Filósofo era contradictorio. Y realmente lo era. Cuando aceptó la idea del obsequio que los Discípulos querían hacerle, ninguno de ellos hubiera imaginado que lo que precisaba era un aire acondicionado. Lo que podía ser leído como un síntoma de vejez, en su caso era de Juventud. La vejez se declara en algunas personas, no tanto para ellas sino para quienes los rodean, en una agudización de la sensibilidad a la temperatura. La percepción paranoica de proliferación de corrientes de aire, por ejemplo. Y con ello aumenta el interés que en algunos casos es casi una dependencia, por las variaciones del clima o tiempo, como curiosamente se le suele dice. Resulta exagerado o poco creíble para los demás, que esas variaciones que se producen tan alejadas de los hombres, afecten de modo tan directo a estos individuos. Y en el caso de que sea cierto, esa agudización sensible parece estar relacionada más con una debilidad que una fortaleza.
En el Filósofo, como muchas otras cosas, esto se daba de un modo particular. Su casa era una heladera. Más que bajar al sótano, se tenía la sensación de que se subía a la cima de una montaña. Durante todo el año, mantenía el artefacto encendido para conservar el frío. El aire frío y destemplado invitaba al abrigo y a la bebida caliente. Aún en verano los Discípulos debían llevar alguna prenda invernal para sobrevivir allí. En cambio, al Filósofo rara vez no se lo veía en magna de camisa y short. Vestía prendas deportivas y zapatillas de treking. Algo raro a su edad. Parecía siempre estar a punto de realizar algún deporte, o prepararse para una larga caminata.
Desayunaba mate con galletitas agridulces.
Almorzaba mate con galletitas agridulces.
Merendaba mate con galletitas agridulces.
Y cenaba lo mismo.
Cuando la muerte lo alcanzó, un día cualquiera,
La actualidad del Filósofo, como todo en él, era rara. Para él seguían pasando cosas que para el resto había terminado. Por ejemplo, decía que aún escuchaba las bombas cayendo en plaza de Mayo. O se lamentaba cosas que para el resto aún no habían llegado.
Su silencio le dio la palabra a sus Discípulos. Muchos de ellos, mejor o peor, vivieron de la comercialización de esos textos.
Un día abandonó la actividad frenética de la escritura. Sólo ofrecería su Palabra en las Reuniones. Por ello lo que hoy podemos leer de él, son sólo apuntes de sus Discípulos. Creía que así su pensamiento no moriría nunca. Ni bien aparecía en el mundo, era de otro. Su Palabra estaba mediada desde el comienzo por sus Discípulos.
Esa fue su política de la Palabra.
***
Sólo se puede ser torpe al pretender hablar del pensamiento del Filósofo. Porque como se dijo, él estaba en el pensamiento. Y de ese modo había modificado esencialmente la experiencia de pensar. La había extendido o replegado de tal modo que no se podía distinguir de lo que él era. La dificultad es que no podemos servir de las palabras que para otros suelen dar cuenta de la experiencia del pensamiento. Concepto o idea, por ejemplo. Se daban de un modo tan particular en el Filósofo. Y sin embargo no hay otra palabra para referirse a ellas. Digamos que había fisiologizado las Ideas, y de algún modo el andar de ellas era su metabolismo. Hablaba de pensar como una actividad aeróbica, y del modo en que debía fisicarse la matafísica. Hablaba mucho de imantaciones. Imantaciones. Cuando se le aparecía una palabra que por algun motivo se separaba de la madeja, del murmullo incesante que era el resto, las demás venían a rodearla. La circunbalaban y hacían crecer el torbellino. Y así alguna de esas palabras que participaba del remolineo, ganaba protagonismo y arrastraba el enrosque a otra parte.
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Como le confesó alguna vez a un Discípulo, el Filósofo no podía parar. Lo asustaba estar cada vez más inmerso en la Comprensión. Estaba comprendido por su pensamiento. Todo lo que aparecía ingresaba en ese incesante movimiento. Y a medida que estaba más implicado en él, era cada vez más veloz. Tan era así, que sentía que ya confundía lo sensible de l. Rozaba casi el momento de aparecer del fenómeno. Entre los Discípulos sostenían que la actividad de su pensamiento había logrado inteligizar lo sensible, o lo que era lo mismo, sensibilizar lo inteligible. A ese movimiento, que no era distinto a sus demás actividades cotidianas como respirar, comer, ir al baño, era lo que entendía por Concepto.
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Leerlo era oírlo respirar. Por eso el último tiempo, en la etapa en que los Discípulos convinieron en llamar del soplo, ellos sospechaban que sus soplidos eran el eco de alguna palabra. Para que una historia se cuente, sólo hace falta alguien que sospeche de ella. El trabajo de rastrearla era casi imposible, pero no por ello menos placentero.
Por ello su sintaxis era tan especial. Sus puntuaciones iban arriando su decir, casi no había cortes. Se expandía y replegaba. No tenía comienzo ni fin, estaba empezada y había que acoplarse a ella para empezar a entenderlo.
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Decía que el Filósofo era contradictorio. Y realmente lo era. Cuando aceptó la idea del obsequio que los Discípulos querían hacerle, ninguno de ellos hubiera imaginado que lo que precisaba era un aire acondicionado. Lo que podía ser leído como un síntoma de vejez, en su caso era de Juventud. La vejez se declara en algunas personas, no tanto para ellas sino para quienes los rodean, en una agudización de la sensibilidad a la temperatura. La percepción paranoica de proliferación de corrientes de aire, por ejemplo. Y con ello aumenta el interés que en algunos casos es casi una dependencia, por las variaciones del clima o tiempo, como curiosamente se le suele dice. Resulta exagerado o poco creíble para los demás, que esas variaciones que se producen tan alejadas de los hombres, afecten de modo tan directo a estos individuos. Y en el caso de que sea cierto, esa agudización sensible parece estar relacionada más con una debilidad que una fortaleza.
En el Filósofo, como muchas otras cosas, esto se daba de un modo particular. Su casa era una heladera. Más que bajar al sótano, se tenía la sensación de que se subía a la cima de una montaña. Durante todo el año, mantenía el artefacto encendido para conservar el frío. El aire frío y destemplado invitaba al abrigo y a la bebida caliente. Aún en verano los Discípulos debían llevar alguna prenda invernal para sobrevivir allí. En cambio, al Filósofo rara vez no se lo veía en magna de camisa y short. Vestía prendas deportivas y zapatillas de treking. Algo raro a su edad. Parecía siempre estar a punto de realizar algún deporte, o prepararse para una larga caminata.
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Desayunaba mate con galletitas agridulces.
Almorzaba mate con galletitas agridulces.
Merendaba mate con galletitas agridulces.
Y cenaba lo mismo.
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Cuando la muerte lo alcanzó, un día cualquiera,
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La actualidad del Filósofo, como todo en él, era rara. Para él seguían pasando cosas que para el resto había terminado. Por ejemplo, decía que aún escuchaba las bombas cayendo en plaza de Mayo. O se lamentaba cosas que para el resto aún no habían llegado.
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Su silencio le dio la palabra a sus Discípulos. Muchos de ellos, mejor o peor, vivieron de la comercialización de esos textos.
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Un día abandonó la actividad frenética de la escritura. Sólo ofrecería su Palabra en las Reuniones. Por ello lo que hoy podemos leer de él, son sólo apuntes de sus Discípulos. Creía que así su pensamiento no moriría nunca. Ni bien aparecía en el mundo, era de otro. Su Palabra estaba mediada desde el comienzo por sus Discípulos.
Esa fue su política de la Palabra.
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Muchos quisieron organizar su discurso en algún libro. Motivos no faltaban. Para el aprendizaje sería didácticamente muy útil. Le podría ingresar algún dinero también.
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El Filósofo había abandonado el Argumento.
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Había cesado en muchas cosas, se había separado por ejemplo. Pero en él la separación fue más bien un acercamiento. Ahora estaba más cerca de lo que quería, de lo que había querido siempre. Más cerca de sus alumnos, de sus libros, casi no tenía necesidad de salir de su casa.
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Un día sus ideas empezaron a acercarse y ordenarse de un modo . Él mismo confesaría después que jamás había advertido que esos elementos, ese oxígeno de su pensamiento albergaba posibilidad de una ciencia. Que esas ideas siempre habían ansiado una ciencia. Se habían dispuesto y alineado Como el objeto que postula la fotografía. La realidad de esas ideas se había puesto en foco. Que no era más que cierta relación. ERa una imagen desde la que el mundo podía volver a mirarse. Y como toda máquina fotográfica lo que vuelve a reproducir es el agujero por el que el mundo puede verse. No era ni una imagen, era una perspectiva. EL filósofo había encontrado una Perspectiva. Una perspectiva absoluta. Era el ojo de Dios.
Pensar era para él trepar el horizonte. Algo imposible. Una aspiración del ascenso que arruge con sus ilusiones la horizontalidad de lo real. que redimía la imanencia de lo real.
En el lecho del río hay al menos dos tipos de piedras. Lo que distingue una de otra es cómo se comportan con respecto a la promesa de mar. Las hay que confían en la propuesta de la Corriente. Su movimiento es tan contundente que a veces las piedras la confunden con el río. Entregan sus propias posibilidades de traslado al arbitrio de la Corriente. Cualquiera entiende las ventajas de dejarse arrastrar. Quién sino ella sabrá conducirlas al mar.
En cambio, hay otras piedras que en algún momento se independizan de aquel moviemiento. Su desprendimiento suele ser angustioso, y demorarlas durante meses en la quietud. Aventajada por las piedras con las cuales compartía el curso del río, está condenada a la soledad. Ve alejarse con ellas la proximidad del mar. Siente que su consistencia se espesa, como si pudiera ser más piedra. Si bien el aumento de peso colabora en la resistencia que ella le ofrece a la Corriente, también vuelve cada vez más difícil su desplazamiento.
En cambio, hay otras piedras que en algún momento se independizan de aquel moviemiento. Su desprendimiento suele ser angustioso, y demorarlas durante meses en la quietud. Aventajada por las piedras con las cuales compartía el curso del río, está condenada a la soledad. Ve alejarse con ellas la proximidad del mar. Siente que su consistencia se espesa, como si pudiera ser más piedra. Si bien el aumento de peso colabora en la resistencia que ella le ofrece a la Corriente, también vuelve cada vez más difícil su desplazamiento.
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Un día sus ideas empezaron a acercarse y ordenarse de un modo . Él mismo confesaría después que jamás había advertido que esos elementos, ese oxígeno de su pensamiento albergaba posibilidad de una ciencia. Que esas ideas siempre habían ansiado una ciencia. Se habían dispuesto y alineado Como el objeto que postula la fotografía. La realidad de esas ideas se había puesto en foco. Que no era más que cierta relación. ERa una imagen desde la que el mundo podía volver a mirarse. Y como toda máquina fotográfica lo que vuelve a reproducir es el agujero por el que el mundo puede verse. No era ni una imagen, era una perspectiva. EL filósofo había encontrado una Perspectiva. Una perspectiva absoluta. Era el ojo de Dios.
Pensar era para él trepar el horizonte. Algo imposible. Una aspiración del ascenso que arruge con sus ilusiones la horizontalidad de lo real. que redimía la imanencia de lo real.