La obra

ensayar la escritura

El cautiverio de la imagen

La compaña

Una neblina espesa aplasta la tierra.

Leo las notas anteriores. Me cuesta reconocerme en ellas. Parecen haber sido escritas por otro. Pero ¿por quién?. Mi compañía apenas sabría escribir. Y aunque supiera, el stock de palabras disponible no superaría una carilla. En las notas no hay errores de ortografía, al menos que sean muy ostensibles. Por lo que veo las palabras tampoco varían demasiado. Advierto con cierto asombro que mis notas tienen un estilo. Aún sin proponérmelo, asoma mi voz en las repeticiones.


Día ocho del mes segundo. El tiempo acompaña, el trabajo avanza. Tenemos gasoil. Sobra comida. Hay más bidones de glifosato vacíos que llenos.
MOMENTOS

1. RESPLANDECER HASTA EN LAS PIEDRAS
ATRAER A ULISES - CANTO DE SEDUCCIÒN
ENHEBRAR EL PLAN

Borrás
el cansancio de ayer
y el sueño de hoy
con agua del mar.
Esparcís
el brillo
de mi imagen
en tu cara
sin darte cuenta.
No existe mejor
manera de persuadirte.

mi silencio
te inquieta
desorientado
y vuelve a cantar
para traerlo


los días de viaje
expanden
tu deseo
y me garantizan
la firmeza
de la costura
de mi plan.

es posible
que me haya
enamorado
de vos
sin haberte visto
todos
llenan sus bocas
con tus hazañas
guerras
bla
bla
sé que no me equivoco
cuando de vos
sólo toco de oído

creerán que soy ingenua
pero si alguien
resignó las espigas
de oro que habían
sembrado para él

si alguien decidió
desordenar
el amontonamiento
de piedras
que era su casa
si alguien dejó
en el fondo del estanque
las piedras
que arrojo
en su infancia

es porque se ama
a sí mismo
más de lo que nadie
pudiera hacerlo
yo amo ese amor
esa embriaguez
es bebida que da sed

nada ambiciono más
que quebrar
el espejo
donde se confirma
todas las mañanas
quiero compartir
ese reflejo
de grandeza.
Sólo tu amor
me justifica.

2. ASTUCIA DE ULISES - FRUSTRA EL PLAN
LA POSEE Y DESPUÈS LA ABANDONA, AGREGA MÁS ARENA TU DESIERTO

Que tus besos
me inauguren
quiero
recomenzar en tus caricias
que despejes con tus manos
la ignorancia de mi cuerpo



3. EL DESPECHO


Cantar para
-olvidar
-recordar
-venganza
-festejar

Canto
para refrescar mi odio
raspo la herida
con uñas y dientes
para deshacer
la cáscara
que finge
reparación.
Renuevo
la herida
y el dolor
sonroja
belleza.
Recorro
la cicatriz
incompleta
frustrando
una vez más
el trabajo
del tiempo.

conmigo no
tengo mentiras
no me lo puedo permitir
ser la única que no cree
en mis mentiras
no conozco otra manera
mejor de defenderme
no tengo que dejar
que descanse
el sufrimiento
y sin embargo
hay días
en los que no tengo
ni fuerza para sufrir
pero aprendí que
las heridas
para que no duelan
es mejor
dejarlas sangrando.


Cantar
me permite
y con un grito
arrancar las uñas de dolor


ese día quise dormir por resto de mi vida
que un sueño decidiera perdurar
para siempre en mí
como lo hacen los árboles
una vez que ofrecen
sus ramas adultas al viento.

La fabula del hombre

1-. Guacho
- perro, en el piso un pedazo de espejo

2. El cuervo
Conectar las alas en el techo


3. GRegorio
Samsa
escarabajo
escritorio
cama

si se llama inès

se vuelve de donde se viene

Rosca

Los que estamos aquí, aguardamos ser atendidos. Las camas, sillas y bancos con los que cuenta la institución hacen de la espera algo más llevadero. Hay quienes ya olvidaron el día que ingresaron. Escuché de alguien que colaboró cuando se plantaron los cipreses del parque. Viendo su altura, que casi compite con la del edificio, es difícil imaginar que alguna vez fueron traídos aquí en macetas. Es lógico que la misma espera nos haya dividido en grupos. No existen verdaderas diferencias. Compartimos las mismas ventajas y deficiencias del edificio y la organización. Es más, la comida por ejemplo. No sólo es la misma para todos. Sino que además, se sirve en bandejas que dificultarían servirle más a uno que a otro. Pero como decía, el tiempo transcurrido amontona a las personas. Hay quienes durante la tarde se sientan en fila a lo largo de uno de los pasillos principales. Nadie tiene prohibido hacerlo también. Los que no nos sentamos en el pasillo, simplemente utilizamos a esa hora pasillos laterales. O por ejemplo, los que se distribuyen en las baldosas del patio delantero. Quien quisiera podría atravesarlo. Y estoy seguro nadie le diría nada. Pero el que lo hiciera seguramente tendría la sensación de que interrumpe algo. Aclaro que estos agrupamientos, como pudiera pensarse, no implican relaciones de amistad. Mucho menos afectivas. Es tan raro que alguien le dirija la palabra otro, como que lo escuchen. Eso no quita que

sentado en la medianera


Los del patio juegan al ajedrez. Arriba en la terraza, otros siguen la partida.

En el patio juegan al ajedrez. Desde la terraza siguen atentos la partida. Corre por los pasillos el rumor de la contienda. Uno de los dos que sueñan en camas enfrentadas, demora la próxima movida.

fui animal

MANADA


En la costa de la laguna
fue la toreada/topada.
El más grande ellos
vino a encontrar
su pelea conmigo.
Rápido
circularon
los demás
una redonda
geométrica.
Al compás.

Nos cascoteamos
mordiscos
a la distancia.
Circunvalamos
los bordes
donde
precipitaba
el peligro.
Exhibía
su joyería
con la boca abierta.
De afuera
aplaudían
castañeando
los dientes.
Gané aplomo
en el suelo
y le tenté un tarascón
al cuello.



Afirmé
la tenacidad
de mis mandíbulas
en la cruz del lomo.
Su muerte
se ajustó
a mis colmillos.
Los hundí demás
para que no
zafara
hilito de vida.
Mi baba le
rezó un rosario
entero.





Alojaron
mis fosas nasales
el pis
de los compañeros.
Ya no podía
perderme.
Éramos familia.




La naturaleza
se pronunciaba
sin palabras
en mí.



Quedé dormido
a pocos pasos de la laguna,
acurrucado
como la costa
a la orilla.

La fresca de la noche
respiró
lenta,
por mí.

En el cuerpo aún latía
un cansancio
parecido a la muerte.

La noche
volvía nítida
la oscuridad.
Convencidos
descansaron
hasta
los pájaros.
Se vieron
hojas
opacar
resentidas
la insistencia
de la luz.
Chorreaba
de las ramas
de sauces
los resplandores
del día.

Tuve un sueño
que no recuerdo.

La mañana
siguiente
batió
el sol
su aleteo
avispado
en mis ojos
secos.
De mi panza
humeaba
el frío vapor
del rocío.
Chispeaba
mi pelo
el brillo
anaranjado del amanecer.

Rasqué
mi espalda
para
quitarme la picazón
del pasto.
cuero
dos centímteros de sensibilidad perdida.






El mediodía
respiraba
su fiebre
en el aire.
Busqué

Bajo la sombra
de una mora
aguardé
el llamado
de un cuervo.
Mi aspiración
de fábula
no me fue concedida.

Pasé días
sin comer
tenía el cuerpo
dormido

Estaba en la necesidad.
No deseaba
otra cosa
que lo que hacía.
Sin darme cuenta,
me volví
imperturbable.
Apoyé
en mi boca
el silencio
sin pestañeo
de la estatua.










(un dìa ve pisadas en el piso, el rastro del hombre. eran sus propias pisadas)

es muerto por otro animal

La tierra
en aquel lugar
desmayaba
hasta tocar
el horizonte.

Sentí
un cosquilleo
filoso
en bulto
de mi cuerpo.
Garras
afirmaron
sus uñas
en la superficie
esquiva de
mi pelambre.
El picoteo
acertó
con mis ojos.
La piel
de mi ingle
cedió
generosa
al filo

Mientras
se disputaban
mis tripas,
vi hermosas
coreografías.
El dolor
anuló
la posibilidad
de gozar
el espectáculo
de mi muerte.
Estuvieron horas
rasquetando
quirúrgicamente

Los caranchos
pellizcaron
las últimas
fibras
de vida
engrampadas
en mi carne.
Dejaron
un blanco
prehistórico
en mis huesos.
Su dispersión
prolongó
mi muerte.
La luna
apoyó
su lengua
pálida.
Le dije
lo último
que
quise decir.

La discreción

Hace tiempo visito la casa de gente. No estilo ser ni el último ni el primero en llegar. Me manejo con cierta discreción digamos. Encuentro las puertas de la casas siempre abiertas. A veces la gente atestada en la vereda demora el ingreso. Como es costumbre aquí, se concentran en círculos para hacer girar la charla. De modo que no es posible acceder al lugar, sin interrumpir la conversación. Quien habla en general es el que sabe más. O estuvo más cerca de lo sucedido. Eso le da más derecho a la palabra, parece. Los demás escuchan atentos. A algunos la explicación los satisface. A los que no, lloran. Espero. No tengo apuro. Miro las caras. Las conocidas, y las nuevas. Soy uno más. Alzo la vista. El cielo. Quisiera recordar cómo lo veían mis ojos, cuando su misterio todavía no me había sido compartido.

Llega más gente. Algunos aguardan que los más próximos a la puerta abandonen el lugar. No es lo que sucede. Tomados por la charla, no advierten la multitud que se ha reunido alrededor suyo. En gran parte, por su actividad sedentaria. Los hay, impacientes, que vulneran la proliferación de anillos. Logran lo que parecía imposible. Acceder a la casa. Otros agurdan, por respeto.

EL hijo de un bla bla, que mató a su madre.


visita su propìa muerte,
Cuando finalmente logro llegar al cajón, advierto que está vacío. El cajón, normal de tamaño, es de una madera finísima. Oscura, casi sin vetas. No se ven por aquí. Acaricio con la mano uno de sus costados. Mi palma se desliza sin registrar arrugas en la superficie. No hay duda que es traída del Líbano. se mete adentro. prende unas velas
se guarda en el cajòn con las velas y comienza a arder. Cerré los ojos, como quien simula para los demás estar dormido.
acompañar en silencio. parece una práctica fantasma. que alentara a ausentarse.

lo que los demás sospechan de mí, amigo o pariente
no llama la atención

A quienes compartimos este oficio, nos Es curioso que nada les llame la atención en mí. A veces pienso que se deben dar cuenta. Y si no lo dicen es por la misma discreción con la que yo me manejo. Supongo que después de lo que todos sabemos.

Soy uno menos.

Enfermera

Primer momento
La ignorancia que se ignoraba a sí misma

Hay quienes les resulta incomprensible que un médico fume. Es posible que vean allí una elección deliberada de la muerte. Y en ellos, por saber el daño que produce el cigarrillo, eso resulta imperdonable. Algo de razón tienen. Supongo, porque no es del todo lógico que uno deposite su vida, en las mismas manos de alguien que suele tener durante el día entre sus dedos ese utensillo mortal. Es paradójico. Un hombre que se dedica a salvar la vida de los demás, al mismo tiempo, se administra sistemáticamente la muerte. No es porque yo sea enfermera que el hábito me resulte más o menos admisible. Pero viendolos fumar, después de una operación, pareciera que recuperaran su humanidad. Más, después de tantas horas de tensión y precisión quirúrgica. Infinitas veces, he visto la vida de pacientes, pasearse frágil entre las manos del equipo médico. Finalizada la intervención, es costumbre salir a fumar. La mayoría de los hospitales han habilitado pequeños jardines. En cuyos costados ubican largas barras con arena. Son tantas las colillas de cigarrillos hundidas verticales en la arena, que no hay quien no haya bromeado alguna vez con la imagen de los cementerios. En familia, yo era la excepción. Fumaba como el resto de los médicos, pero en mi caso, por ansiosa.

Un día, el hospital en que trabajaba, quiso intervenir en esta práctica tan difundida. Los médicos debían dar el ejemplo. Si eran trabajadores de la salud, debían exhibir también cuerpos saludables. Para algunos fue imposible adaptarse al cambio. Resolvieron abandonar las comodidades de los hospitales privados, por las flexibilidad de los controles en los establecimientos públicos. Otros en cambio, aceptaron tomar las charlas y actividades para dejar de fumar, que el propio hospital costeaba. Las charlas eran por supuesto aburridas. Quienes pretendían ilustrar a los médicos los daños del cigarrillo, sabían menos que ellos. Las preguntas de los asistentes al taller eran casi todas malintencionadas. Buscaban mostrar las lagunas de los pobres instructores. Pero, a pesar de ello, los índices de deserción del cigarrillo eran altísimos. Después de lo que todos sabemos, el miedo a perder el trabajo volvía cualquier método eficaz. En las paredes de los ascensores, habían pegado afiches. En los cuales había gráficos con barras que ilustraban la ascendente victoria en la lucha contra el hábito. En la parte final del combate, la estrategia se focalizó en algunos casos. Había carteles que indicaban los nombres de quiénes persistían con el cigarrillo. Supongo que por verguenza terminaron dejando. Los que no pudieron acoplarse a la nueva política del hospital, dejaron de venir de un día para el otro. Suponemos que fueron echados. Una mañana al abrirse las puertas del ascensor, quienes ibamos a subir, nos encontramos con un enorme cartel. Ocupaba tres paredes del amplio cubículo. La frase decía: le ganamos al cigarrillo. Nadie dijo nada, pero no hubo un rostro en el que no brilló la derrota. Esto viene a cuento de que en aquel entonces, comencé con las clases de gimnasia aeróbica. O aerobics, a secas, como decía en el folleto.


Segundo momento
La creencia organiza rituales

Hablé de la relación paradíjoca que tienen los médicos con la muerte de los demás y la suya propia. En el caso del Maestro, la relación era inversa. Él parecía administrar la muerte a los demás, para postergar la suya.
Siempre me ha sorprendido la predisposición natural de la gente a dar su vida por algo. La mayoría de las veces por cosas de lo más estúpidas. Yo misma sin ir más lejos. Ser enfermera no se trata sino de eso. Pero me refiero a aquellos en los que esto no aparece tan claro. Cuántas oficinistas y empleados terminan por entregar
Y no es difícil oír en sus quejas por la precariedad de sus condiciones laborales, cierta modalidad de goce. Cada vez estoy más convencida de que en su resignación, hay también, cómo llamarlo. Una experiencia de placer. De la que pareciera no pueden sustraerse. Era un rasgo común a casi todas las integrantes del grupo. Combinaban interminables jornadas laborales con dietas militares y horas semanales consagradas al cuidado del cuerpo. Una sentía que las clases

Solía suceder, que la fé o el amor al Maestro -en esa época ya era difícil distinguir- menguaba. Distraídos por pensamientos propios, la creencia se apartaba. Esas interrupciones eran perjudiciales. Se veía en cierto desapego o desgano con la cual se realizaban los rituales. El Maestro estaba muy atento a esos detalles. No llenar correctamente la copa que utilizabamos en la ceremonia, por ejemplo. Podía ser el menor decsuido. Pero el Maestro comprobaba allí el ejercicio del mal. El mal era para nosotros la desintegración. Si el amor era la unión, todo aquello que tendía a distanciarnos era peligroso. Por lo mismo que habíamos decidido vivir todos juntos. Si bien era un modo de evitar las distracciones dle mundo, era también para muchas, un resguardo contra los problemas hacía tiempo nos aguardaba en nuestras respectivas casas. En la tienda, así la llamábamos, se vivía una paz y armonía casi absolutas. En cierto sentido, aquella casa era una tienda. Transformamos la pequeña habitación que daba a la calle, en un local. Vendíamos allí inciencos que nosotras mismas fabricábamos. Almohadones, que importábamos gracias a un contacto que tenía una en la Aduana. Piezas de la India como elefantes, budas de todos los tamaños y algunas prendas holgadas para practicar yoga. Si bien hacíamos algo de dinero, la suma no alcanzaba para pagar los gastos de la casa. Éramos entre ocho y siete sin contar al Maestro. Y algunas al incorporarse a grupo habían abandonado también sus trabajos. Ese sacrificio o entrega, les otorgaba algunos privilegios. Podían pasar más tiempo cerca del Maestro. Acompañarlo durante sus interminables sesiones de meditación. Y en las ceremonias se les reservaba ciertos privilegios. En mi caso, el Maestro había resuelto que continuara con mi actividad. El grupo precisaba de dinero, y sobretodo, del recetario y mis beneficios en los medicamentos.

Era habitual que el Maestro eligiera alguna de nosotras para pasar la noche. La elección solía ser muy discreta. Tanto que a veces bastaba con una simple mirada para comprender su llamado. Podía suceder que repitiera, alguna, durante varias noches. Eso no estaba bien visto por las demás. Traía problemas que de alguna manera estaban relacionados con esa sospecha de favoritismo. No sé si se trataba de celos. Pero hacía peligrar uno de los pilares del grupo que era la igualdad. En un momento, que ya no recuerdo, varias mujeres aparecieron a la mañana siguiente con heridas estimables. Digo estimables, en el sentido de que creí -como enfermera- que debían ser atendidas. Es curioso que ante esas lastimaduras de fuego y moretones, sólo veía una zona donde aplicar los conocimientos de mi oficio. Jamás atendí a los niveles de crueldad y violencia que los debían haber provocado. La rotación de la compañía nocturna al Maestro, permitió que en apenas un mes se distribuyera equitativamente heridas, cortes y lastimaduras a todas por igual. Las primeras en haber recibido las palizas, exhibían no sin cierto orgullo las marcas. Fueron muy rápidamente interpretadas como el acceso a privilegios. O algo que para el Maestro las diferenciaba del resto. Tal era así, que las últimas en recibir la paliza aguardábamos ansiosas aquel momento. De algún modo que no sabría explicar, durante la época de las palizas el lazo se había estrechado. La creencia florecía de todas partes. Nos dedicábamos enteramente al otro. EL amor apenas cabía en nuestro pechos. Era como si la violencia hubiera logrado traer de nuevo a nuestro cuerpos la positividad de la enegría. En aquel momento, creo que ninguna sospechaba que nuestra creencia podía algún día agotarse.
Tercer momento
La disolución del lazo
Un día, no recuerdo qué hora de la madrugada, fui despertada por el Maestro. Ví algo que jamás había visto en su rostro: temor. Me levantó de un tirón de la cama y me arrastró hasta su habitación. No sé si las demás chicas oyeron algo. Cuando ingresé en la habitación, una de las más jóvenes yacía en el piso. Advertí que en las cuatro paredes había trazos de sangre fresca. SE parecía a esos estallidos de pintura que suelen ser caracterizar a lso cuadros contemporáneos. En el hospital que trabajo, hay uno en cada sala de espera. Me acerqué a la joven. No recuerdo su verdadero nombre, creo que en su nueva vida había sido bautizada Sari. Le dije algo al oído mientras le tomaba el pulso. Apenas respiraba. Y lo hacía con dificultad. Coágulos de sangre burbujeaban en su nariz en cada exhalación. El espectáculo era aterrador. Vi al Maestro desesperado acercandose al cuerpo de la joven. Le pedía disculpas. Después oí que la maldecía y pretendía seguir golpeándola. Le advertí que si continuaba con las piñas terminaría de matarla. Se calmó. Sari apenas si tenía fuerza respirar. Si corazón latía, como decimos los médicos, de memoria. Hablé con el hospital, directamente con la ambulancia. En cinco minutos estuvo en la puerta de la tienda. Mientras tanto, até con toallas los tajos que fui decsubriendo después de limpiar el enchastre de sangre. Apliqué torniquetes en brazos y piernas. En el parlante del equipo de música del Maestro sonaban unos tambores a todo volumen. Le pedí que tuviera a bien apagarlos. No íbamos a oír el timbre de la ambulancia. Se negó a hacerlo, temía que se despertaran las demás chicas. Cuando llegó el equipo médico Sari fue llevada de urgencia al hospital. Su vida la acompañó hasta las puertas de la sala quirúrgica. Mis amigos médicos se portaron de maravilla. No hubo ningñun inconveniente con la partida de defunciòn y esos papeles. El Maestro agradeció siempre mi ayuda aquella noche. Mi silencio posterior garantizaba un vínculo especial.

Mi primer mentira. Me hice la enferma.

El Maestro solía mostrar utilizar en sus discursos la figura del caballo. Para el Islam los caballos son seres sagrados.
EL tipo tenìa un caballo árabe en el palermo

Terminan matándo al Maestro. Cortándolo todo.
arena en la vereda, habìa que mojarña daba aire d epueblo

Después de lo que todos sabemos

Quedaba tan cerca que en realidad, lo raro, era que no viniera más gente. No recuerdo la primera vez que lo visité. Mejor dicho que tropecé con ese lugar. Antes de conocerlo me hubiera sido imposible imaginar. Visitar, lo que se dice visitar, fue lo que hice después de esa primera vez. Casi religiosamente volvía todos los días.

Era así. Primero sentía una serie de vibraciones suaves, ondulantes. Después el ritmo ganaba en latidos externos de un corazón que por supuesto no era el mío. Esa especie de estampida de indios, digamos, crecía hasta montar su galope en mis oídos. Mis tímpanos se nublaban, como si me hubiera entrado agua. Y un zumbido mudo se instalaba en la parte superior de mi cabeza. El estribillo que se repetía era el sonido de una doble erre ininterrumpida. Sentía una especie de mareo o ganas de vomitar. Seguramente la debilidad de mis piernas colaboraba. Era lógico que flaquearan en la embestida. Aún cuando estuviera sentado o acostado.

La erre podía durar varios minutos. La variación más notable era el ascenso del volumen. Sentía un grupo electrógeno de hospital encendido en mi cabeza. Pero más temprano que tarde, el torbellino se transformaban en un espaciado rebote. Lo más parecido a un chico que empieza a jugar al basquet. Afortunadamente el ruido desmayaba en el lento y acompasado vagar de olas. Yo estaba completamente seco, pero convencido de haber sido bañado en algo. Y con la certeza de que lo tenía incrustado. (porque es un crustáceo jaja)

El temor que me perseguía era que por algún motivo el lugar hubiera desaparecido. Y no era poco probable. Que una ordenanza municipal por ejemplo. Decidiera que ese terreno, así, era un desperdicio. Y que una comunidad tan pequeña como la nuestra. Tan alejada de donde pasan las decisiones que empujan el destino del mundo. Se diera el lujo de no hacer rendir económicamente esas hectáreas. Y aún cuando no hubiera dinero. Siempre algún inversionista extranjero estaría dispuesto a hacer más dinero.

Aquel día, creo de otoño, bajé equivocadamente del colectivo. Por ignorancia o ansiedad, tal vez ambas, bajé en la parada anterior. A esa altura bien podría haber sido la posterior. Eso lo supe después. Mi desconocimiento del lugar entonces volvía ambas direcciones: igual de posibles, igual de ciertas. Caminaba apurado como si fuera hacia la primera clase de algo. Y me he comprobado que lo único que se exige en una primera clase es puntualidad. Es el primer acuerdo. Y hasta a veces, una promesa cumplida. Habrá aprendizaje. Apuré aún más el paso. Me hubiera gustado correr.

Desde el colectivo, había visto cómo paulatinamente, a medida que uno se alejaba del centro de la ciudad y se acercaba a la periferia, las cuadras iban abandonando la rigurosidad de su definición. A veces los cien metros se prolongaban en kilómetros. El recorrido del colectivo era poco original. Repetía con menos sinuosidad el trazado de la costa. A veces en algunas esquinas asomaba el mar. Era divertido pensar que había quienes vivían entre una calle y el mar. Ya viajábamos por aquella zona donde la periodicidad de las calles que cortaban la principal se volvía más caprichosa. Cuando toqué el timbre para avisarle al conductor que bajaba en la próxima parada, éste detuvo inmediatamente el colectivo. Se abrió la puerta y descendí. No había ningún poste que indicara que había allí una parada. Ya en marcha recordé el rostro del conductor. Después de lo que todos sabemos, el espacio de los choferes había sido cercado por pequeños cubículos. En realidad eran dos planchas de vidrio grueso. Quizás blindado. Lo que daba la impresión de que estuvieran en una pecera. MI madre decía que es increíble como cuando se separa algo de lo público enseguida eso se rodea de algo espectacular. Y es cierto, había algo teatral en esa escena. Contaba que había algo de desorientación en la imagen que me había devuelto del chofer el espejo retrovisor. Como a esa altura del viaje era el único pasajero, al descender, dejaba el colectivo vacío. Creo que algo de eso había afectado al conductor. Y a pesar de que quizás hubiera querido ocultarlo, en su rostro era evidente. Aunque no supiera nombrarlo, algo de viajar con el colectivo vacío lo volvía injustificado. A él, a su trabajo. Y todos los asientos del coche vacíos, volvían esto insoportablemente evidente. Es decir que si había frenado de inmediato, lo había hecho por bronca. Mi decisión de descender lo introducían en el viaje por delante al dominio de lo injustificado. Mientras caminaba, sospeché que a modo de venganza a la vuelta cuando lo aguardara en la parada no detendría la unidad. Pero afortunadamente me equivoqué.

De afuera parecía un parque de diversiones. Nunca estuve en uno, pero estoy seguro de que deben ser así. Más grandes quizás, pero así de exhuberantes. Hacía acordar al despilfarro de naturaleza los días después del big bang. Eran inagotables las formas de plástico y caño retorcidos. Enormes tubos -como piernas- bajaban agresivamente veinte metros de altura y encastraban en recipientes que sospeché vacíos. Otros, por su trayectoria horizontal más pareja y prolongada debían ser de traslación. Muchas piezas en su superficie chorreaban el metal ahora seco de la soldadura. Había grandes cisternas que aboyados por el viento sugerían órganos del cuerpo. Advertí que todas las estructuras se incrustaban en una especie de techo o caparazón. De chapa, seguramente.

Es cierto que su tamaño es lo que en un primer momento triunfaba en la percepción. Pero al rato, lo más llamativo y asombroso era el riesgo formal de esas arquitecturas. Su agresividad con el espacio. No sé me ocurre otra manera mejor de nombrarlo. Sin duda el óxido también les daba un aire de época. Como si ese espacio estuviera fuera o al margen del tiempo. Como si hubiera pertenecido a una edad prehistórica. Pero de la que inexplicablemente tenemos recuerdo de haber visto alguna vez. Creo que lo que las mantenía vigentes era la perseverancia en ese gesto agresivo. El tiempo evitaba el filo de sus lados.


En la entrada del lugar unas puertas de reja entorpecían el paso. Pasé con holgura por la panza de la curva entre dos rejas. Un tejido de alambre rodeaba todo el perímetro de la construcción. En inspecciones posteriores comprobé que en muchas partes el tejido estaba roto. Lo que le daba un carácter más ridículo a las rejas de la entrada. Creo que a otros este lugar les hubiera parecido obsoleto. Hasta innecesario. El viaje y cierta prisa no sé de qué habían alojado en mi vientre la urgencia inconfundible de un pis. La postergación de la caminata no había sido exitosa. Sentí agudas puntadas en la panza. Con precisión quirúrgica había pinzas que tironeaban en mi vegija. Orinar era una actividad que sólo hacía en soledad. Por eso siempre evitaba la intemperie. Aclaro, por lo inabarcable. La inmensidad permite alojar miradas curiosas que se ocultan de la nuestra. Y la sospecha de una, alcanza para frustrar la soledad imprescindible. No dije que vivo con mi madre.
En casa el baño al ser tan pequeño permite controlar la privacidad que reclama orinar. Hace un tiempo me di cuenta que si pongo la radio con un volumen elevado antes de ir al baño, orinar me da más placer. ES una práctica que hago aún cuando mi madre no está.

Las horas que pasa en casa son cada vez menos. Y eso, no implica necesariamente más trabajo. Recuerdo que al principio podía trabajar en casa. Pero, después de lo que todos sabemos, la gente decidió no abandonar sus casas. De a poco las visitas de los clientes fijos comenzaron a menguar su asiduidad. Demasiado riego, decían para consolar a mi madre. Hasta entonces ser atendidos por mi madre era riesgoso. Y es indudable que esa cuota de peligrosidad era constitutiva de esa experiencia de placer. Pero ya después el riesgo no era algo medible. O al menos, sus límites habían dejado de ser claros. Y ellos no se querían exponer. Entonces mi madre resolvió ofrecer sus servicios a domicilio. Si el trabajo no toca la puerta de tu casa, deberás salir a buscarlo. O algo así.

Por el mismo motivo que mi madre debía irse de casa, yo debía quedarme. Se decía que había quienes aprovechaban las horas de jornada laboral para ocupar las casas. Al regresar, se encontraban con que su llave había olvidado cómo abrir la puerta. Si tenían suerte los usurpadores habían dejado las pertenencias del otro lado de la puerta. Lo que volvía menos tolerable la injusticia indiscutible de la ocupación. Ese gesto de generosidad negaba la atrocidad. O al menos introducia ambiguedad donde no era admisible. A veces cuando mi madre regresaba a casa, durante la cena, me contaba quién había sido desalojado. Al principio se vieron encarnizadas peleas en cada cuadra. Hubo muertes de las que nadie se sintió culpable. Sobre sangre seca, se derramó sangre fresca. La mayoría había recordado que era capaz de matar. Y no sólo estaba dispuesto a hacerlo. Sino que después de haberse inciciado, guardaban cierta fascinación con el nuevo chiche que era para algunos matar. Pero al cabo de un tiempo la violencia disminuyó notablemente. Creo que no somos un pueblo lo suficientemente sanguinario. Cuando nuestra casa vecina fue ocupada, oí que sus dueños le agradecían a los usurpadores haberles dejado los muebles afuera. Agradecido.

Recorrí el terreno para verificar mi soledad.


Una sola vez en mi vida fui a la playa. En realidad, fuimos. Mis padres y yo. Recuerdo que acostados en la arena, sentí una molestia en la espalda. La molestia se desplazó algunos centímetros por mi espalda. Al moverme para acomodar -lo que suponía una piedrita- en alguna concavidad de mi espalda, la molestia cesaba. Así un rato. Hasta que del lugar en que estaba la molestica, recibí un pellizco punzante. Me incorporó mi propio alarido. Debajo de la toalla, casi del mismo color de la arena, descubrí al culpable. Un bicho parecido a una araña pero con el tronco levemente incorporado me desafiaba con la mirada. El sol hacía brillar las pinza que exhibía en cada mano. Estaba quieto, y en lo que supuse, posición de ataque. Quizás mis movimientos de espalda habían sido interpretados por una invitación a pelear. Y sin embargo, lejos de una insinuación guerrera, mis movimientos de espalda sólo habían sido intentos de acoplarme mejor a la naturaleza de la playa. El cangrejo se desplazó lateralmente unos centímetros. SU andar le permitía mantener no abandonar la guardia. Recuerdo que mi madre hizo un chiste. Quizás para calmarme. Dijo que peor hubiera sido que se me metiera adentro por el culo. Desde aquella vez, guardo una inexplicable fascinación por los cangrejos.

camina de costado,
el cangrejo

para volver sentía el ruido del motor.
las aceleraciones y los accidentes dle camino se repiten
se puede tener memoria de eso también.


Durante la etapa de crecimiento, mi cuerpo se dio demasiadas libertades.
Creo que nada produce tanta satisfacción en este mundo, como cuando aquel cuerpo adulto que deseábamos de hermanos, primos, incluso el de nuestros padres, se empieza a desarrollar en el nuestro.
Uno siente en carne propia el trabajo de la especie. Las zapatillas chicas son una victoria irrefutable. Tener que comprar o conseguir ropa prestada de adultos es una confirmación de un proceso que no queremos que se detenga jamás.
Hubo un momento en el que yo sí quise que se detuviera. Pero del mismo modo en que el cambio había comenzado sin avisarme, luego tampoco iba a consultar su detención. Al principio, mi cuerpo había aumentado en tamaño y peso correctamente. Veía en la mirada tanto de mi madre como sus amigas, que mis músculos se moldeaban a la forma del hombre que era el objeto de su deseo. Mi ignorancia acerca de ello les permitía conservar la licencia de acariciarme. De mis brazos y pecho aparecieron músculos que jamás había sospechado. Hasta mis piernas tenían entonces un tamaño y aspecto absolutamente normal. Un poco chuecas, es cierto. Pero nada que sugiriera otra cosa o permitiera sospechar algún tipo de deformidad física. Mi madre se reprochará siempre no haber intervenido a tiempo. Creo que si no lo hizo, fue justamente porque nada sugería otra cosa que permitiera sospechar algún tipo de deformidad física. Progresivamente mis pies fueron abandonando la paralela que es normal tengan. El ángulo de la cuña de ambos pies era cada vez más notorio. Desde un punto de vista geométrico, que fue el que eligió el médico para explicarle a mi madre, que el avance es agudo. Lo que sucedía podía describirse como la tendencia de lso ángulos a devenir más agudos. Nunca pensé que mis pies pudieran llegar a torcerse de modo que se tocaran las puntas. Para que ello fuera posible, mis piernas habían colaborado. Es decir, habían girado a la altura de la cadera para quedar literalmente enfrentadas. Las técnicas que ofertaban los médicos se mostraron todas inoperantes. Mi caso, así nombraban los uniformes blancos el tema de mis piernas, no tenía solución. Visitamos muchos, de nuestra ciudad y de otras. Médico al que llegabamos, se entusiasmaba con el fracaso de sus colegas ante mi desgracia. Cuando perdía la esperanza, y no tardaba en suceder, preferían tenerme lo más lejos posible. Me derivaban. Y así estuvimos con mi madre, derivando hasta que nuestro dinero se secó completamente. Nuestras lágrimas también habían secado. Comprobamos que los médicos para conservar el orgullo y prestigio pierden rápido la esperanza. Y que nosotros no podíamos darnos el lujo de perderla. Entonces a mi madre o a la deseperación que la habitaba, se le ocurrieron una serie de técnicas caseras. Eran diferentes y los elementos involucrados variaban, pero estaban alentadas por la misma idea. La sospecha era que si mis piernas se retorcían para el mismo lado, la fuerza que operaba sobre ellas era la misma. Entonces lo que se debía hacer, era operar sobre esa fuerza pero en sentido contario.

Los procedimientos parecían más métodos de tortura que de sanación. Ante el fracaso de sus técnicas, mi madre comenzó a subjetivar mi problema. Me pedía una colaboración que era imposible. La fuerza que retorcía mis piernas no parecía provenir de mi cuerpo. Y sin embargo ella comenzó a afirmar que el retorcimiento era producto de mi empecinamiento. Sus hipótesis psicológicas tampoco permitían arrimar claridad. Ni yo pretendía no caminar para estar siempre cerca suyo. Ni tampoco había elegido a mi padre. Creo que era el modo de arreglárselas con su decepción. Sé que mucho tiempo me odió. Y sé también que si yo comencé a participar en el fracaso de sus métodos, fue para repartir la responsabilidad de la tristeza. Ella corroboraba sus tontas hipótesis, y yo la veía más tiempo del día feliz. Entendí que las prendas de adultez con que el desarrollo viste a los niños, son desparejas. En mi caso, hasta injustas.

Supongo que por pasar tantas horas dentro de casa, adquirí el hábito de pensar. Es decir, la actividad inmóvil de volver una y otra vez sobre lo que pienso. A veces mi única actividad durante el día es ésa, pensar. Es extraño, pero cansa. A veces más que tener que hacer mandados una mañana entera. Hubo una época, cuando la única preocupación eran las usurpaciones, en la que mi madre me sugirió que hablara si escuchaba algún ruido en la puerta. Y en varias oportunidades pasó. Pisadas que se detenían frente a nuestra casa. Y se quedaban allí unos instantes sin llamar a la puerta ni hablar. Entonces comenzaba la charla. Pero debía hacerlo por mí y por alguien más. Un diálogo conmigo mismo pero con voces distintas. Creo que la segunda voz no era precisamente creativa. Pero su ocurrencia fue espontánea. Por evitar un estornudo me tapé la nariz y continué hablando. Mi voz se volvió más apagada y por supuesto más nasal. De modo que sugería que alguien hablaba desde el fondo de la casa. Y que esa voz resfriada pertenecía a una persona mayor. Con la práctica fui perfeccionando tanto la fluidez de los cambios de voz como el contenido de los diálogos. Me dio confianza advertir que mi técnica disipaba las intenciones de los ocupas. Es más, un día me atreví a reprsentar una escena, literalmente. Había algo en disputa, no recuerdo bien qué. La cuestión es que después de gritarse un rato, una de las voces quebraba en llanto. La otra seguía con los alaridos. Así fue que mi madre, que estaba del otro lado de la puerta y no encontraba la llave se quedó escuchando hasta el final. Cuando entró, me debe haber visto con el rostro empapado en lágrimas y en mi boca hablando la voz que había gritado pidiéndome disculpas. Mi madre dijo que ya no era necesario. Y desde entonces me prohibió este ejercicio. Lo que no implica que haya dejado de hacerlo adentro de mi cabeza. Pensar se parece mucho a eso.

Una noche tuve un sueño. Horrible. Estaba en el tinglado al que voy diariamente. Pero la diferencia era que lo visitaba de noche. Para mi asombro los caños, chapas y cisternas que durante el día lucían un óxido más o menos parejo, en el sueño estaban iridescentes. De su superficie brillaban colores fosforescentes. Y rebotaban entre ellos esos fogonazos de luz. Hacían acordar a esas estrellitas que los chicos pegan en el techo de sus habitaciones. Y que cuando el cuarto queda en oscuridad, asoman su débil tintineo. Lo que era llamativo era el material de las estructuras. Juro que se veían iguales a huesos. De una ballena, o algún animal marino que ni los libros de biología sospechan. El techo del tinglado era sin duda su caparazón. Y los tubos sus largas piernas. Caminé debajo de él, con miedo a que me aplastara. Cuando llegué al mar pude verlo de frente. Es un modo de decir, porque ver un cangrejo de frente es en realidad verlo de costado. Enfrenta la realidad lateralmente. Era clarísimo, los dos faroles que había visto siempre apagados eran sus ojos. Y estaban encendidos. Por ello, supongo, había un ejército interminable de cangrejos que abandonaban el mar y se dirigían al tinglado. Enceguecidos por esos ojos de cuarzo se introducían en una cámara situada en la panza del cangrejo. Seguí su dirección. Mi ganó la curiosidad de saber que había en la oscuridad en la que todos decidían hundirse. Y por otra parte, para no estorbar el movimiento orquestado de ese batallón.


Mi realidad pasaba de costado. Lateral, digamos. Y como el cangrejo, estaba incrustado en una estructura que parecía no ser la mía.

pase y discontinuidad

corte

discontinuo

pasa por partes

(no) deja de pasar, el no indica el sujeto de enunciación

la caída del dejar
El filósofo/escritor venía a darnos noticias de su Obra. Y digo notcias porque su literatura o al menos lo que él pensaba de ella, era eso, pruebas mejor o peores de la sobrevivencia de la Obra. Después de publicar se lo veía cansado y triste. Parecía no haber estado a la altura de una exigencia demasiado grande. Escribir era exponerse a algo que jamás iba a estar preparado del todo. Pero al ser el único testigo de la Obra, su trabajo era al menos imprescindible. Debía haber, y los había, escritores que seguramente pudieran ser más justos con ella. Volverla más accesible, por ejemplo. El Escritor no dejaba de reprocharse lo intrincado de su escritura. En sus primeros escritos el exceso de adjetivación volvía todo tan barroco que como en las columnas de algunas construcciones, uno mirándolas no comprende si en realidad no son los adornos los que sostienen la columna y el edificio entero.

la mesa real tiene patas de fantasma

la realidad tiene pies de fantasma

Parte de la guerra / LETRAS DE GUERRA

(En el escenario hay sólo una puerta pintada con graffitis y la madera con moretones hinchados por los golpes.)


HIJO

De niño, un día mi madre cerró su habitación con llave. Me explicó que iba en busca de mi padre, o sea a la guerra. Que Él me necesitaba más que yo, me dijo. Más que yo. Puso en mi mano las llaves de la casa, excepto la de su habitación. Intentó cerrar mi puño para ocultarlas, pero mi mano era demasiado pequeña para perderlas a la vista.
Dijo que se iba pero me dejaba lo mejor de ella, su ausencia eterna. Un agujero tan grande que nada iba a poder colmarlo. Me prometió que jamás regresaría, que aunque no pudiese más del dolor se prohibiría volver. Encima de irse, no iba a aceptar volver a dañarme rompiendo la promesa de su ausencia eterna. Se condenaba sola al exilio.

(toca una canción)
(le pega una patada a la parte de abajo y la rompe. a contraluz)


final. abre la puerta y se va.

la vela

vela
bela
vigilia
vela de navegar
el mástil
Colón conducido por la ambiciòn del capital
otro odiseo

autobiogràfica

Quisiera callar todo lo que hice. Leer una sola y escueta historia de mi vida, donde sólo se me adjudicaran las cosas que no me animé a hacer.

sala llena

Yo fui Catita,
Catalina Muñoz
Catita
la estrella de cine.

Yo sola en la sala
de cine
a la tarde
lloro
lloro
y lloro
viendo a esa actriz
de nombre inglés
que ni siquiera sé pronunciar
y lloro
porque entiendo
que su vida
del espectáculo
es como la de las estrellas
que deben su luz a la muerte
ella una estrella de cine
ella
ella que justifica el lujo de hoteles
autos y joyas
ella que es capaz de soportar
las fantasías que el mundo deposita en ella
y lloro porque
ella es una injusticia
enorme
impune
brilla
porque ninguna de nosotras es ella,
depende de nuestra oscuridad
para poder iluminar la pantalla
como las estrellas en el cielo.
y yo en la sombra
de la sala
lloro porque
no quiero ofrecer más mirada
al sacrificio del espect{aculo
de otro
no quiero pagar más la entrada
a la fiesta que no me invitan
no quiero que nadie
mas brille por mi oscuridad

hablo del abismo
que separa
la butaca del escenario.

una injusticia


cine casi vacío

Lo nuevo es el retorno de la novedad

En los ojos del recuerdo brilla la sed de venganza

en el retorno de la conciencia
que es recordar
en ese pliegue
se aloja la posiblidad de la venganza


¿por qué siempre me gustó asumir
el dolor ajeno como propio?
que los demás me den motivo para sufrir
como si así pudiera mantener abiertas mis heridas

Odio escribir

Los odió a todos. Al Editor para empezar, a los Agentes, a su Representante y odió a todos los que habían contribuído a realizar la edición especial de sus obras completas. Esperaban con paciencia que la muerte lo encontrara, para publicar sus obras. Leyó también entrevistas a escritores que consideraba amigos o al menos colegas, donde contaban anécdotas y ofrecían sus intimidades sin verguenza. Los odió a ellos también. Después se odió a sí mismo, su ingenuidad e ignorancia. El jamás había sido dueño de lo que había escrito, si lo había hecho era por un total abandono y entrega de sí. Su obra ya no lo necesitaba, era un claro ejemplo de que podía prescindir de él.
Consigue un ejemplar.
Quizás fue ese odio rascó de sus huesos fuerza para escribir su última obra. Debía lógicamente negar todo el resto. Debía refutar su propia obra. No poder ser puesta en serie con su producción anterior.
Final infeliz
Sin embargo, el destino que en nuestra época sigue fiel los dictámenes de las divinidades del mercado no le permitió al Ecritor salirse con la suya. Cuando el manuscrito llegó a las manos de los Editores, estos resolvieron no publicarlo. Si el Escritor tiene razón, deberíamos creer que el lenguaje no salió inmune a su obra.

La novedad, de nuevo

Detrás de la cortina blanca, hay una cortina plástica. La cantante tira sangre sobre ella, y chorrea.

***

La cantante come una flor de Loto.
Dicen que aquellos que comen una flor de loto ya no regresan a su país. Mi mejor amigo hace unos años empezó a hacer de su vida un desierto de sal. Cuando toca la guitarra la tensa con sus tripas y cuando compone desordena el cielo. Pero está haciendo de su vida un desierto de sal. Yo creo que su sed secó el mar. Por las noches la luna lo pasa a buscar. Rescatan plata de los bolsillos de algún pantalón y
Alumbra las noches con su desierto de sal.
Figuras de sal, hace un ídolo
perdido en el espejismos de esos reflejos, no se encuentra

Vestida de munsulman, con una ametralladoray balas cruzadas tira disparos en la pantalla.
Todos tuvimos nuestro Vietnam.

***

Mi problema es. Mi problema es digamos.
Mi problema es, un problema.
Pero no es siempre un problema.
Yo no soy de las que se enorgullece
de tener un problema
y lo engordo de angustia.
Tampoco soy de las
que se meten en problemas
para tener algun
problema que los dignifica.
EL problema no dignifica.

Mi problema es cuando
el problema me tiene a mí,
ahí es un problema.
Ahí soy yo el problema,
toda yo
el problema
toda yo
no puedo ser otra cosa,
y todo todo es un problema


el trabajo que tengo
un problema
el trabajo que quisiera tener
otro problema
la familia que de vez en cuando veo
papá, mamá y hermanos
es un problema
la parte de la familia que decidí
que no quiere ver más
es un problema

los mil pesos de alquiler
un problema
menstrual

el chico que elegí
otro problema menstrual
a quien le digo que amo
es un problema
a él, el único que no quiero se acueste con otras
es un problema

tanto como decirle que no lo quiero más
que quiero más llorar su ausencia
que comprobar los desencuentros
que no espero más la llegada de sus cambios
que impaciente quiero que se acerque su alejamiento
que nuestra relación le pertenece
a la costumbre
y al temor de separarnos
o sea, a lo peor de nosotros
el amor es un monstruo
que nos debilita
cada vez más

que es cierto que alguna vez
nuestra pareja
absorbiò la triste soledad
que éramos cada uno,
y que asfixiarnos
entre nosotros
era la única manera de respirar
es cierto que durante mucho tiempo
los problemas parecían
haberse alejado
tanto que dejamos
ingenuamente
de creer ellos

que al despuntar
nuestro amor
se cargó con dos muertes
la tuya y la mía
y ninguno deseaba más que el otro
ese sacrificio
y ahora que se está muriendo
el amor que nos alojaba a los dos
el problema es saber si
cuando se le corten a ese monstruo
las dos cabezas
quede alguna viva



que decidí
es un problema
que nuestro amor murió
en
es un problema
este país
mi ropa
es un problema

***

En ese tiempo
yo pasaba fuera de mí
era una pura exterioridad
todo me rozaba
el reptar de una hoja
por el suelo
era en mis oídos
un rasguño
no quedaba nada de mí
había entregado
mi intimidad
y ya no había interior
al que volver


no tenía que reunirme
estaba toda dispersa
en el mundo
explayada
las cosas se rendían
ante mí
y yo las redimía
con sólo mirarlas
no tenía posibilidad
de volver
de volver a mí
estaba toda ida
fugada en el mundo
que era puro ofrecimiento
invitación interrumpida
confesión en voz alta

***

LA NOVEDAD,
DE NUEVO

La vigilia

La Orden del Cambio

Había comprendido bien, debía vigilar una celda vacía. En adelante ése sería su trabajo. Lo cambiarían de pabellón. Y eso no implicaba ninguna tragedia. Adelantaría la inevitable disolución de los tenues lazos que había hecho con sus compañeros. Debería acostumbrarse a un nuevo espacio, a nuevas autoridades. Pero sería sencillo. Las edificaciones eran tan parecidas, los colores de las paredes beige iguales, que en realidad era ello lo que en realidad absorbería el cambio. Eso borraría de su percepción las posibles diferencias. El cambio pasaría inadvertido. Porque de algún modo Más que un cambio de aire, se trataba de un cambio de paredes. Nada que no supiera hacer. Cierto. Horarios fijos, comida, duchas y recreación. Por ello, menos le sorprendió la vigilancia de una celda vacía que las Autoridades justificaran la decisión. Jamás lo hacían, y era comprensible. No se trataba de la arbitrariedad de sus dictámenes, sino de la protección. Y en este caso la suya. La medida en alguna instancia lo protegía, puesto que como se le dijo la volvía al sistema más eficaz. Sembrar la desesperanza revolucionaria. Los presos creerán así todas las celdas ocupadas.

Un minotauro en la cabeza

AL prncicpio parece más fácil, sin peligro. Después advierte que la peligrosidad era mayor. Porque no dependía del otro, dependía de sostenerlo en su imaginación. Y el no se consideraba precisamente vaqueano en ese terreno. Quizás por ello lo debían haber elegido para esa tarea.
-enloquece , se desdobla y termina creyendo que él es preso. y lo es, a él lo vigilan reproduciendo la lógica de la vigilancia. libera a los demás presidarios. el era tan preso de esa norma como ellos.
Cómo escapar de la propia cabeza, llevaba el monstruo adentro.
En un arrebato de confianza, un compañero le preguntó por su preso. Quería que le revelara alguna confidencia. Ese tipo de diálogo estaba prohibido. Pero lo que le sorprendió no fue eso. Si bien no era su costumbre, era sabido que entre los vigilantes a veces se trasgrediera esas normativas. Y si se lo concedían es porque sabían que no afectaría a la eficacia del sistema. Era hasta un modo de cancherismo. A veces se les escapaba por la prepotencia con la cual operaban con los internos. Una falla del sistema. La licencia que tenían
con ellos, no la podían tener con el sistema mismo. Si bien la normatividad del Penal volvía posible esas licencias de maltrato de los internos, no se podría ser licencioso con la norma. La pregunta lo sorprendió. Si sabía que su celda estaba vacía, entonces la pregunta era un chiste. En cambio si iba en serio, Por eso quizás pasó algo que jamás había hecho nunca en el Penal. Mentir.
Se había tomado el chiste en serio. Y cada vez se volvía mas serio, por eso más cómico.

La mentira lo empieza a obligar a sostenerla. Para decir la verdad él debía seguir mintiendo. La mentira p
empieza a leer textos de lenin
Escribe las paredes con frases. (escena prueba con un destornillador marcar algo. después se lo ve rayando la pared. vuelve, mirá lo que el encontré. no sé de donde lo habrá sacado.

"te tengo cara conocida" aprendieron a tirar en el mismo lugar. y hacen una pruebita que sacan el arma a la misma vez. el compañero le tiene ganas.

duerme con los ojos abiertos. quedo como encandilado, y veo todo igual que la realidad pero alejado como en el sueño. yo salía a cazar liebres, tenés cara de liebre. (escena, el compañeor prueba darle un beso cuando el otro duerme.

"estás muy cansado. dormí un poco o pegate una ducha fría."

COMIDA: el compañero del penal, le miente y se come la comida del preso. (escena que ve comerse la comida dle preso)
el suyo no come mucho, el también miente y tira la comida.

- ARMA LA SOMBRA DE EL PRESO EN LA CELDA

-compra cigarrillos, y dice que se los manda la familia a su preso. como yo no fumo, te los regalo.

La huida de

Se encierra y espera a que lo vengan a buscar. Antes de que Le pega un tiro a su compañero. Dispararon al mismo tiempo. Y eso no es casual, se conocían de las clases de tiro. Ambos murieron con el mismo tiro, pero distinta bala.

retrato del artista

Decía que la Gioconda pasaba a un metro y medio de distancia. Allí se dejaba de verla, la obra te miraba. El temor que su mirada producía cegaba la visión. Un artista en sus cuardros no podía dejar de pintar una sola cosa: su mirada. Que es como querer ver lo imposible: la mirada propia. Otro modo de ser Dios. Por ello, muchos artistas rápidamente abandonan el realismo. Para cualquiera es evidente que en los objetos del mundo exterior no es posible hallar su mirada. Como las pinturas en última instancia no dejan de ser un objeto del mundo exterior, la satisfacción será incompleta. La mirada no está en los ojos. Tampoco en el cuadro. La mirada es lo que pasa. Y para que pase necesita estar bordeada. Todo artista sabe que si pinta la mirada, pinta el mundo. Porque todo pasa en ella. Por supuesto que el mundo no cabe en ella, ella pasa dijimos. Es inasible. Abre el mundo para que suceda lo visible.

La obra

Abajo, los Obreros descargan bolsas de Portland del camión. Desde la ventana, el Patrón/el Modelo/Dueño siente envidia ineludible por esos cuerpos. Hay algo del Gimnasio, de ese ejercicio al que se entrega con religiosidad todas las mañanas que resulta insuficiente. Estimulado sólo por la persecusión de una imagen de sí mismo bella, falsea la actividad. La vuelve insincera. A diferencia de los deportistas con los que comparte la Sala de Máquinas, su trabajo muscular no está consagrado a ningún deporte. Es fácil reconocer en alguien que entrega la mayor parte de la Rutina a las máquinas para cuádriceps y gemelos, a un futbolista por ejemplo. Y en su caso, el trabajo que realiza en el Gimnasio sólo se realiza verdaderamente cuando juega al fútbol. Es otra actividad la que vuelve justificada esa hora y media de ejercicio. Por eso el Dueño, de alguna manera los desprecia. El Gimnasio para ellos no es un fin en sí mismo. Su verdad es subsidiaria. Y tiene razón. Aunque de algún modo, el Dueño también podría ser juzgado por lo mismo. Él consagra ese trabajo al embellecimiento de su Imagen. Acercar su imagen a la imagen que le propone su Ideal. Una tarea imposible. El Deporte de la Imagen.

***

Piensa en eso, y en lo Otro.

***

Verlo de buen humor, es más difícil que matar a un muerto.

***

Sólo en un pueblo chico pudo gestar en un hombre semejante delirio de grandeza.


El hijo de Cassavettes

CAUTIVERIO DE LA IMAGEN

Escenario con tachos, pantallas.
El joven Fotógrafo y la A ctriz.

Él quería vos fueras el niño terrible que él había sido. Y sin embargo, para vengarte quizás, saliste tan mansito. Nada parece afectarte, sos hermético.

Arman escenas de películas. Él hace de su Padre. Hacen la escena, así nos conocimos.
Hacen partes de las películas.
Ella trae el guión de sus películas. Ya no la conoce nadie. No es nadie.

Yo te pude haber tenido a vos.




El Representante era hijo. Sería equivocado decir que su Padre había sido un actor y director de cine. Su Padre, para los demás seguía siendo el conocido Director y Actor.


El había transformado su Obra en un éxito. O el éxito había trasnformado su Obra en exitosa, y a él en una Celebrity. A pesar de que muchas veces se lo oía decir que seguía siendo el mismo, su realidad había cambiado. Y él con ella. La fama había articulado como una neblina a su alrededor, que le resultaba imposible saber qué pasaba detrás de ella. Se había apartado del mundo desplegando y creyendo en los elementos que le proponía su locura. Pero ahora que los demás creían en ella, mucho más que él, sentía que era extranjero en todas partes. Ya no tenía referente. Por ello quizás, en algún momento quiso volver a conectar con lo cotidiano. Sin embargo, siendo una Celebrity ese camino le había quedado vedado. Entendió que haciendo películas se había metido en cuarto y había olvidado la llave del otro lado de la puerta.



¿Cuánto olvido cabe en una laguna?

***

Él se creía Dios. Y es como en las fotos para verlo todo, hay que enceguecer un instante. Él capturaba las luces de los demás, como la cámara. Antes de ponerse detrás de una cámara, él ya vivía en esa sombra. Cuando empezó a filmar lo único que hizo fue localizar esa sombra en un el lugar de un oficio: director de cine.

Dieta del odio

No tiene cara de tener pocos amigos, tiene cara de tener ninguno. Nada en él sugiere la amistad o conduce a la simpatía, al chiste. Es alto, de altura seria. Camina erguido y sin trastabillar. Es cierto que es callado. Reacio a la palabra como aún dice su ex. Pero no por callar cosas, sino porque como se ve aunque no se lo entienda, guarda mucho silencio. A veces, siente que está adentro de ese silencio y que casi no hay lugar para él ahí. Esto que se ve de él, le resulta muy útil en el trabajo. Su lugar de jefe.




Cena canival.
Sonríe. Por primera vez, oye el silencio que lo acompaña desde hace años, el silencio que es hace años. El silencio que empieza a hablar es el odio. Un odio inmemorial, prehistórico. Apenas si le pertenece.

Historia del silencio

Un día el Filósofo decidió abandonar la Academia, abdicar como un rey de sus títulos nobiliarios y renunciar al modesto sueldo de empleado estatal. Si bien era quizás la decisión más radical que en su vida jamás había tomado, ese día a la tarde frente al Decano la ofreció como quien da un vuelto. EL vuelto era en este caso, entregar su cargo a otro Docente. El motivo que ofreció fue, digamos, oscuro o demasiado simple. Cuando muchos años atrás, veinte, el Filósofo había aceptado incorporarse al Cuerpo Docente de la Casa de Estudios, lo había hecho bajo el modo de una promesa o juramento. Él debería iluminar a los alumnos. Su función sería esclarecer esas conciencias, curarlas de su ignorancia, despejar sus ingenuidades. Entre otras cosas. Sin embargo, últimamente había comprendido que cada vez su Enseñanza lo llevaba hacia el camino contario. A partir de algùn moomento, había empezado a oscurecer su Palabra. A volverla cada vez más intrincada, agregarle más recovecos ya adornos. Su Enseñanza, como le dijo aquella tarde al Decano, más que un camino al encuentro del saber, era un verdadero camino a su Extravío. Y si algo de eso era cierto, el Filósofo debía aceptar la pérdida. Que en este caso era la de su puesto. El Decano después de escucharlo, comprendió que no había venido a pedirle una respuesta. Había venido para algo mucho peor, alojarle una pregunta. Y eso para alguien soberbio como él, solucionaba las cosas. Aceptó la renuncia sin más, y dijo sin entusiasmo una frase que daba por concluído el trámite. Las puertas de esta Casa estarán siempre abiertas para que vuelva. Bajando las escaleras, el Filósofo supo que de allí en más todas las puertas que se abrieran serían para irse.

***

Sólo se puede ser torpe al pretender hablar del pensamiento del Filósofo. Porque como se dijo, él estaba en el pensamiento. Y de ese modo había modificado esencialmente la experiencia de pensar. La había extendido o replegado de tal modo que no se podía distinguir de lo que él era. La dificultad es que no podemos servir de las palabras que para otros suelen dar cuenta de la experiencia del pensamiento. Concepto o idea, por ejemplo. Se daban de un modo tan particular en el Filósofo. Y sin embargo no hay otra palabra para referirse a ellas. Digamos que había fisiologizado las Ideas, y de algún modo el andar de ellas era su metabolismo. Hablaba de pensar como una actividad aeróbica, y del modo en que debía fisicarse la matafísica. Hablaba mucho de imantaciones. Imantaciones. Cuando se le aparecía una palabra que por algun motivo se separaba de la madeja, del murmullo incesante que era el resto, las demás venían a rodearla. La circunbalaban y hacían crecer el torbellino. Y así alguna de esas palabras que participaba del remolineo, ganaba protagonismo y arrastraba el enrosque a otra parte.

***


Como le confesó alguna vez a un Discípulo, el Filósofo no podía parar. Lo asustaba estar cada vez más inmerso en la Comprensión. Estaba comprendido por su pensamiento. Todo lo que aparecía ingresaba en ese incesante movimiento. Y a medida que estaba más implicado en él, era cada vez más veloz. Tan era así, que sentía que ya confundía lo sensible de l. Rozaba casi el momento de aparecer del fenómeno. Entre los Discípulos sostenían que la actividad de su pensamiento había logrado inteligizar lo sensible, o lo que era lo mismo, sensibilizar lo inteligible. A ese movimiento, que no era distinto a sus demás actividades cotidianas como respirar, comer, ir al baño, era lo que entendía por Concepto.

***

Leerlo era oírlo respirar. Por eso el último tiempo, en la etapa en que los Discípulos convinieron en llamar del soplo, ellos sospechaban que sus soplidos eran el eco de alguna palabra. Para que una historia se cuente, sólo hace falta alguien que sospeche de ella. El trabajo de rastrearla era casi imposible, pero no por ello menos placentero.
Por ello su sintaxis era tan especial. Sus puntuaciones iban arriando su decir, casi no había cortes. Se expandía y replegaba. No tenía comienzo ni fin, estaba empezada y había que acoplarse a ella para empezar a entenderlo.

***

Decía que el Filósofo era contradictorio. Y realmente lo era. Cuando aceptó la idea del obsequio que los Discípulos querían hacerle, ninguno de ellos hubiera imaginado que lo que precisaba era un aire acondicionado. Lo que podía ser leído como un síntoma de vejez, en su caso era de Juventud. La vejez se declara en algunas personas, no tanto para ellas sino para quienes los rodean, en una agudización de la sensibilidad a la temperatura. La percepción paranoica de proliferación de corrientes de aire, por ejemplo. Y con ello aumenta el interés que en algunos casos es casi una dependencia, por las variaciones del clima o tiempo, como curiosamente se le suele dice. Resulta exagerado o poco creíble para los demás, que esas variaciones que se producen tan alejadas de los hombres, afecten de modo tan directo a estos individuos. Y en el caso de que sea cierto, esa agudización sensible parece estar relacionada más con una debilidad que una fortaleza.
En el Filósofo, como muchas otras cosas, esto se daba de un modo particular. Su casa era una heladera. Más que bajar al sótano, se tenía la sensación de que se subía a la cima de una montaña. Durante todo el año, mantenía el artefacto encendido para conservar el frío. El aire frío y destemplado invitaba al abrigo y a la bebida caliente. Aún en verano los Discípulos debían llevar alguna prenda invernal para sobrevivir allí. En cambio, al Filósofo rara vez no se lo veía en magna de camisa y short. Vestía prendas deportivas y zapatillas de treking. Algo raro a su edad. Parecía siempre estar a punto de realizar algún deporte, o prepararse para una larga caminata.

***

Desayunaba mate con galletitas agridulces.
Almorzaba mate con galletitas agridulces.
Merendaba mate con galletitas agridulces.
Y cenaba lo mismo.

***

Cuando la muerte lo alcanzó, un día cualquiera,

***

La actualidad del Filósofo, como todo en él, era rara. Para él seguían pasando cosas que para el resto había terminado. Por ejemplo, decía que aún escuchaba las bombas cayendo en plaza de Mayo. O se lamentaba cosas que para el resto aún no habían llegado.

***


Su silencio le dio la palabra a sus Discípulos. Muchos de ellos, mejor o peor, vivieron de la comercialización de esos textos.

***

Un día abandonó la actividad frenética de la escritura. Sólo ofrecería su Palabra en las Reuniones. Por ello lo que hoy podemos leer de él, son sólo apuntes de sus Discípulos. Creía que así su pensamiento no moriría nunca. Ni bien aparecía en el mundo, era de otro. Su Palabra estaba mediada desde el comienzo por sus Discípulos.

Esa fue su política de la Palabra.
***


Muchos quisieron organizar su discurso en algún libro. Motivos no faltaban. Para el aprendizaje sería didácticamente muy útil. Le podría ingresar algún dinero también.

***

El Filósofo había abandonado el Argumento.


***

Había cesado en muchas cosas, se había separado por ejemplo. Pero en él la separación fue más bien un acercamiento. Ahora estaba más cerca de lo que quería, de lo que había querido siempre. Más cerca de sus alumnos, de sus libros, casi no tenía necesidad de salir de su casa.

***

En el lecho del río hay al menos dos tipos de piedras. Lo que distingue una de otra es cómo se comportan con respecto a la promesa de mar. Las hay que confían en la propuesta de la Corriente. Su movimiento es tan contundente que a veces las piedras la confunden con el río. Entregan sus propias posibilidades de traslado al arbitrio de la Corriente. Cualquiera entiende las ventajas de dejarse arrastrar. Quién sino ella sabrá conducirlas al mar.

En cambio, hay otras piedras que en algún momento se independizan de aquel moviemiento. Su desprendimiento suele ser angustioso, y demorarlas durante meses en la quietud. Aventajada por las piedras con las cuales compartía el curso del río, está condenada a la soledad. Ve alejarse con ellas la proximidad del mar. Siente que su consistencia se espesa, como si pudiera ser más piedra. Si bien el aumento de peso colabora en la resistencia que ella le ofrece a la Corriente, también vuelve cada vez más difícil su desplazamiento.


***

Un día sus ideas empezaron a acercarse y ordenarse de un modo . Él mismo confesaría después que jamás había advertido que esos elementos, ese oxígeno de su pensamiento albergaba posibilidad de una ciencia. Que esas ideas siempre habían ansiado una ciencia. Se habían dispuesto y alineado Como el objeto que postula la fotografía. La realidad de esas ideas se había puesto en foco. Que no era más que cierta relación. ERa una imagen desde la que el mundo podía volver a mirarse. Y como toda máquina fotográfica lo que vuelve a reproducir es el agujero por el que el mundo puede verse. No era ni una imagen, era una perspectiva. EL filósofo había encontrado una Perspectiva. Una perspectiva absoluta. Era el ojo de Dios.

Pensar era para él trepar el horizonte. Algo imposible. Una aspiración del ascenso que arruge con sus ilusiones la horizontalidad de lo real. que redimía la imanencia de lo real.

Canto XII

Descenso


Los invito
al descenso
trepen la profundidad
ahonden en la superficie.

apaguemos una parte del mundo
un poco de oscuridad
para alumbrar el universo,
entren en alguna
habitación cerrada
que conozcan
sin abrir la puerta

pisen sobre lo desconocido,
y acomodense/encallen
en el silencio.
mientras
ella canta

Corran
necesito que se pierdan
para salirlos a buscar

Arremolinen la quietud
y abríguense
pienso levantarles la fiebre

No voy a empezar
hasta que nos sienta
que sus ojos me recorren debajo
de mi piel


Aquí está la ausencia de mí,
lo que ustedes ven,
una constante despedida,
mi alejarme inexorable de lo que soy.

Vengo como un eco
de lo que aún no ha sido dicho
a su encuentro.

Yo sé que ustedes
como Ulises
me pretenden.
Amante soy
de los que vienen
a perderme,
Palabras sólo tengo
para los que no pretenden
hablar
sino ser hablados.
Anatomía de sombras,
orquesta de silencios
abrazan los que
pretenden hallarme.
No vengan a buscarme
vengan a perderme.


Los nombres que vienen a nombrarme
intentan en vano posarse sobre mi.
Soy una rama que siempre
estuvo caída
en la herida dle mundo.
Soy la llama que alienta
toda palabra antes
de ser dicha.
Mi llamear es un llamar,
y el llamado
que al oído de hombre
arrimo,
arremolina la
calma de las palabras
sobre las que pisa.

Soy la agitación del agua
sin ser las olas

ellas a mí vienen
a refrescar sus
broncas
a alimentar
sus odios.
Como el agua soy
para los que mucho
quieren de mí tomar
les espera el ahogo,
y
como el agua soy
para los que
han hecho
de su vida un desierto


Soy invertebrada como el agua
licué mis huesos
para hacer
del movimiento carne
para mudar mi piel
en cada respiración
para perder la espalda
de lo que no se ve.

Mis Odiseos,
¿por qué sino por temor
eligen la sordera?
Tengo un consejo para darles,
no hay mejor resistencia
que entregarse
a lo irresistible.
¿Cuándo decidieron
dejar de oír?
Quiero construir
un templo en sus oídos,
y rezarles
hasta la creencia.

No deberías
creer tanto en tu astucia
No deberías
decir lo que no
te gusta escuchar
No deberías
dejar de perderte
si te querés encontrar
No deberías
creer que todavía tenés
lo que te costó alcanzar
No deberías
No deberías
saber tanto
si querés todavía aprender
No deberías
amar
No deberías
amar
a quien no lo merece
No deberías
olvidar que sos bello
para enamorar
No deberías
dejar de cansarte
dejar de fracasar
No deberías creer
que ya sabés besar

No deberías





aceptar lo que otro
dijo por vos
No deberías haberle
dicho que no
No deberías dejarte

Mis palabras
están genitalizadas
no tengo otros genitales
que esto que digo

serpiente
danza del vientre
.

Ella es Musa, la obra debería servir de Musa de otras obras. Inspirar.

***

De la bañadera asoman un puñado de serpientes. Su vientre es fosa de serpientes. ¿Devoradora o se entrega al sacrificio? Quiere ser devorada.

Las palabras son un cuerpo en mi cuerpo. Cascabelean en su interior. Al final ella decide arrojar pedazos de carne hacia el público. Ofrece su sacrificio al resto de los hombres.

***

En el Canto XII de la Odisea, a Ulises se le ocurre un ardid para oír el canto de las sirenas. Las embarcaciones que caían en el embrujo de esas voces terminaban estrelladas contra las piedras de la isla. La trampa es sencilla. Tapar con cera los oídos de los tripulantes de la embarcación, y hacerse atar al mástil. De modo que así podría escuchar las melodías irresistibles de
Intenta sortear con la astucia de la razón, la tentación de la poesía. El Director

Quizás para él se trata más de responder a una obsesión personal que de intervenir en la historia de la cultura.

***

Un día el Director comenzó a hablar a través de aforismos. Como rápidamente compendió la Actriz que intentaba sgeuir lo que él decía, daba la sensación de que hablaba en chino. Y no estaba equivocada. Atravesado por las lecturas orientales, el Director daba sentencias. Hablaba al modo de Confucio. uU pensamiento había encauzado en esa forma sintética y breve. Cuando terminaba de hablar la Actriz suponía que la frase continuaría. Sin embargo, lo que después seguía era silencio. Se notaba que el Director respiraba distinto. Estaba más en la respiración. POr eso su silencio y sus palabras parecían estar más respiradas.
Lo que decía estaba también atravesado por la forma. Hablaba de la guerra (tsu el arte de la guerra). y el lao tse


***

Entre sus notas, el Director no es necesariamente sincero. Quizás para darse esperanza desfigure un poco los hechos. Dice que a pesar de que las cosas salieron al revés de lo pensado, la resistencia de la Actriz se ve más clara. Será más fácil trabajarla. Podría pensarse que eran resistencias suyas con respecto a la aceptación de un fracaso.
En otras parece que intentara ordenar lo que piensa acerca del teatro. En alguna de ella él mismo dice, que cada ensayo pone a prueba sus definiciones y lo que él entiende por teatro. Y es natural que así sea, si sus conceptos se desprenden de la práctica de esos ensayos. Lo que no se entiende es su malestar cuando esto ocurre, elementos del ensayo contradicen sus teorías.
Sin embargo, en alguna de ellas su honestidad es tal, que parece que se levantara la piel para que se vea el rojo de su carne.


***

En algún ensayo, el Director dejará de ver las marcas. Caerá en las trampas que él mismo ha dispuesto. Será seducido por la Actriz. Entonces sabrá que el momento de estreno ha llegado.


***

El Director mira la escena. Está inmerso en la acción de las luces, en el cuerpo de la Actriz, en la sonoridad del texto, el ritmo escénico. Él también está actuando. No detiene el ensayo para marcar y dar direcciones. Rumbea lo que pasa hacia un lugar y hacia otro. La Actriz se apoya en esas líneas para extenderlas. Si ella solicita una ley, será para pervertirla. Los extravíos a veces son tan grandes que el Director si tuviera tiempo se asombraría. Pero él no está, o mejor digamos que está en lo que va a venir. Más que mirar la escena debe olfatearla. Ver por dónde hay que seguirla, derivarla. En lo que está pasando está la cifra de lo siguiente. Brazada tras brazada le ganan terreno a lo desconocido.
A veces cuando termina un ensayo, a pesar del cansancio, sienten que estuvieron cerca. Aún no saben de qué, pero entendieron algo de la proximidad. Cuando se los ve tristes y desorientados después de un ensayo, se debe suponer lo contario. Estuvieron lejos, pero por haber estado siempre demasiado cerca de lo conocido. Se reprochan, el cansancio les pesa más.

Jamás dirige sentado en una silla. Camina, grita, susurra cosas al oído de la Actriz. Por eso, si se los viera ensayando pensaría que la Actriz y el Director respiran al mismo tiempo.

***

Acostada en la bañadera, el cuerpo cabe. Klimt la hubiera imaginado así. Doblada de modo tal que suponerle huesos a su cuerpo sería antibiológico.


***

En algún momento, Lidia interpreta con su violín una obra de Bach. Apoya el mentón y el costado del cuello izquierdo sobre la madera del instrumento. Extiende hacia afuera un poco su hombro para armar una V perfecta con su brazo.


***

Cómo se llega a ser lo que fue. Se puede tener la sensación de que el pasado no pasó del todo. Como si la época hubiera sido menos que lo que podía pasar en ella. Es ser injusto con la Historia, el Director lo sabe. Ese handicap del pasado con respecto al presente, esa distancia que abre el alejarse en el tiempo permite pensarlo. La Historia podría haber prosperado por otros lugares, quizás más creativos. Es una sospecha que el Director pretende realizar. Detectar en el pasado materiales que no fueron trabajados por los que vivieron en su època. Les reprocha a esos hombres cariñosamente esa desatención. Esos elementos han quedado preñados de presente. Y su reactividad es inmensamente ambiciosa. Tienen la fuerza de la revancha, de la venganza. Para el Director digamos, la Historia no es lo que pasó, sino lo que fue posible. Y por lo tanto es el pasado que aún no ha sido y niega el acartonamiento de los acontecimientos pasados.

***

La obra buscó el apoyo de un subsidio para su realización. No pidieron mucho, lo imprescindible juraron. Pero los tiempos del Estado son otros. Y así pasaron meses sin tener respuesta. Las primeras semanas esperaron ansiosos la asignación. A medida que pasaban los días, lo que era probable se volvió cada vez más probable. Quizás porque al principio no lo era del todo, sospechaban equivocadamente su segura aprobación. Por ello también se decidieron presentarse a la fatiga de los trámites.

***


No la vemos, la sospechamos. Está en la bañandera debajo del agua. Puede aguantar la respiración varios minutos. Es entrenamiento. Si se aprietan las fosas nasales para evitar que se llenen los pulmones de agua se pierde fuerza. Y con ella oxígeno. No debe pensarse en la respiración, simplemente se está.

***

Nunca sabremos, si lo que los hombres oyeron como el canto de las sirenas, no era en realidad, la rompiente de las olas en el mar.